domingo, 2 de marzo de 2008

La noche


A sus protagonistas,

Esta es la historia de alguien que no conozco
¿escribir sin pensar es pecado?


La noche en que murió mi mamá, salí con mi hermano. Estuvimos en casa de un amigo, no tan amigo. Recuerdo que tomé algunas fotos e hice varios chistes. Abracé conocidos y dije mis payasadas acostumbradas. Revisé el celular. Era extraño que mi madre no me hubiera llamado unas diez veces, mínimo. Pero, en realidad no me preocupé. Primero, pensé que al estar con mi hermano, ella sentía tranquilidad. Luego, la imaginé instalada frente al computador chateando con sus amigos y jugando algún juego de mesa interactivo online. Y ya, no fui más allá en pensamientos.

La noche en la que murió mi mamá, bajé del carro de quien, en aquel entonces, era mi novio. Creo que habíamos discutido brevemente por cualquier tontería y había cierta tensión en el vehículo, la cual aumentaba con la presencia de mi hermano. Fue Rolando, mi hermano, quien introdujo, en la primera de las puertas, la llave correspondiente. Me despedí con un “te amo, me llamas al llegar”. Subimos conversando las escaleras.

La noche en que murió mi mamá, Rolando y yo entramos por la tercera puerta que nos invitó al interior de en aquel entonces: nuestra casa. Como era costumbre o norma, me dispuse a buscar a Marlene, mi mamá o mami como le gustaba llamarse. Debíamos anunciar nuestra llegada y conversar sobre cómo nos había ido, qué hicimos y con quiénes hablamos. Paseé por el estudio – cuarto del computador - y no la encontré. Noté que uno de los platos de la cocina descansaba sobre el escritorio con algo de comida. “Extraño” pensé. Quienes la conocíamos sabíamos que ella era incapaz de dejar rastros o platos sucios fuera de lugar. Allí, mis pensamientos sí fueron más allá.

La noche en la que murió mi mamá, me dije “está en el baño”. Rápidamente, con aquello que llaman pálpito, caminé veloz hacia su habitación, el sonido del aparato nebulizador retumbaba en el pasillo. Y ahí, en la distancia, sus pies en el suelo, la mitad de su cuerpo visible y la otra oculta detrás de la pared. “Se desmayó, coño” pensé asustada. Rolando notó que algo ocurría. Decidió seguir mis pasos. Entré a la habitación e intenté levantar a mi madre. Sin embargo, apenas mis manos hicieron contacto con su piel, sentí que estaba fría, tiesa y helada. “Está muerta”…

La noche en que murió mi mamá, volteé – como un rayo – la cabeza preocupada para ver si veía a mi hermano venir. Ahí estaba él, con los ojos muy abiertos. Imagino que se preguntaba por qué no la despertaba. No dije nada. Lloré. Rolando se acercó al cuerpo sobre la alfombra costosa. La movió un poco y rompió en llanto. Gritó “mamá”, unas tres veces. Dijo otras cosas que no logré escuchar. Todo pasaba entre rápido y lento a la vez. Me levanté, fui hacia un lugar inexacto y luego a otro y a otro. El sonido desapareció. Creí que despertaría. No sé por qué carajo, pero subí las escaleras que conducen hasta la casa de mi tía, hermana de mi mamá. Llamé a gritos su puerta. Salió asustada y preguntando que ocurría, hizo miles de preguntas que se atropellaban. Yo continuaba sin escuchar, sólo vacío. “Mi mamá se murió” dije o creo que dije, llorando. Rolando continuaba intentando despertarla o dando vueltas en el cuarto, golpeaba cosas, mentaba madres (literalmente).

La noche en que murió mi mamá, se acabó una Verónica, un Rolando, una tía, un hermano, un papá, unos amigos, una familia, una casa. Se acabaron. Vinieron los errores, los coñazos, el padre a distancia que abraza la nada y convoca a un hijo que no conoce. Llegaron los tropiezos por dinero, los dólares mal gastados en arreglos de la casa para crear “fuentes de ingreso” y comodidades a externos. Arribó el coraje y los cojones, la visión 360 y el “mírame y no me toques”, un paso apresurado, las noches llorando bajito, el aprecio por los pequeños gestos, las pérdidas seguidas, el cambio de rol, la distancia entre hermanos a kilómetros, las envidias de los pocos lúcidos, las explicaciones baratas, aquella mujer que no respeta el dolor de mi hermano, la preocupación por el futuro de Rolando y por el mío, el darnos cuenta de que estamos cabronamente solos, la desconfianza por el dinero, aquellos familiares que heredan a cuenta propia los pocos bienes que nos dejan, el saber que no nos queda nada más que el recuerdo amargo y el que está por venir, saber que los números bancarios son una mierda y que algunos no saben contar, que los héroes están hechos de trapo, que debemos ser egoístas y aún no aprendemos a serlo, que los golpes no te los da la vida sino la gente, que las enfermedades anuncian soledades y pronuncian debilidad para que se aprovechen los más atrevidos, los abusos de poder a costa de la edad y del paradigma “estos son unos niños”, la brutalidad de los que creen saberlo todo y más… Pero, no sé si el estómago de algunos lo aguante.

La noche en que murió mi mamá, aprendí a bendecir y maldecir, me enamoré de la vida y de poder hacerlo mejor que ella. Me volví otra, sin planificarlo. Lo único que nos queda es la abuela, la familia a distancia y una breve esperanza de que todo tiempo pasado NO es mejor.

lunes, 21 de enero de 2008

De ensaladas

Para A.P.V. (que lee mis cuentos)


El martes, le dije a mi tía Trinidad que colocara menos cebolla en las ensaladas. El problema es que somos nuevas en el negocio y poco sabemos de cocina. Claro, todas mis amistades se preguntan cómo es que terminé cortando tomates y preparando vinagretas. Pero ya saben, una se hace la loca y cambia el tema. El “¿cómo está tu marido?” siempre funciona para estos casos. A las mujeres les encanta hablar de ellas y sus problemas. A mí no me gusta contar por qué ahora vendo ensaladas.

Mi tía abuela, Trinidad, es quien me ayuda. Parte de la ganancia es para ella y su gata. Todas las mañanas, bien tempranito, paso recogiendo las ensaladas por su casa para llevarlas luego al cementerio. Sí, al cementerio. No sólo ahora vendo ensaladas, sino que además lo hago en un cementerio. Por lo menos es el del Este, lo que le da caché al asunto.

Desde que estoy en el negocio, he aprendido muchas cosas del ser humano y de los vegetales. Me quedo con los últimos, si les soy sincera. Descubrí que la caprese es la más solicitada cuando se vela a un difunto adinerado. Y que estos mueren con frecuencia los días lunes. Por lo que el domingo, Andrés me lleva queso mozzarella bien fresco.

Andrés es un primo tercero o cuarto que tiene una hacienda en Yaracuy. Hace algunos meses, nos encontramos en el cementerio. Confesó no haberme reconocido detrás del mostrador. Teníamos, por lo menos, 10 años sin vernos. Comentó que velaba a un vecino. Un señor mayor que lo había ayudado con sus asuntos legales y que ahora le dejaba tres búfalas de herencia. Andrés poco sabía de búfalos, salvo que habitaban en lugares pantanosos o lagunas, y que además eran bien feos. Ese día, se servía ensalada caprese, era lunes y el fallecido uno de los abogados más enriquecidos de la capital. Recordé, de pronto, que la mozarrella se fabricaba con leche de búfala. Así que Andrés y yo hicimos negocios.

Con las ensaladas me va bien. Por lo menos resuelvo y ayudo a la tía. Englantina, mi mejor amiga, fue quien me consiguió el trabajo. Su nuevo marido es el dueño del cementerio y hacía un tiempo que no encontraban buen personal para este servicio. Es un trabajo tranquilo. No hay mucho ruido y la gente, casi siempre, da las gracias. Nunca discuten, ni hacen reclamos. Tampoco me preocupo por la cobranza o las ventas de unidades; ya que los alimentos son parte del servicio que presta el cementerio a sus usuarios. Así que, aún cuando no se venda ni una sola ensalada, siempre obtengo ganancias. Muchos quisieran tener trabajos como el mío.

Hay días mejores que otros. Todo varía según los difuntos. Si sus familias son numerosas, si la muerte fue trágica o falleció joven, si tenía muchos amigos, si el velorio es de día o de noche. En fin, con los muertos una nunca sabe. Sin embargo, procuro observar con detalle lo que ocurre en los funerales, desde el duelo hasta cómo se hacen negocios en los pasillos. Busco siempre ofrecer lo mejor. Es bueno llenarle el estómago a los dolidos, siempre que se pueda.

Por eso, pedí a mi tía Trinidad que dejara de colocarle tanta cebolla a las ensaladas. No es que tenga algo en contra del noble vegetal, sino que puede resultar bastante perturbador ofrecer cebolla en los velorios. Allí la gente se habla de cerca y reparte numerosos besos. Podrán imaginar el desastre que causo, cada miércoles, con mis ensaladas apestosas a cebolla. Además, cada vez que la Tía Trinidad pela cebolla, le da por llorar. Y eso de bañar en lágrimas la comida de funeral es como ser redundante. ¿No creen?


martes, 11 de diciembre de 2007

Está bien y Está mal



Todavía recuerdo el sonido de mi cabeza cuando se estampaba en el suelo. Solía tirar tan fuertemente de mis cabellos que la piel ardía hasta dar el golpe al piso. Y ahí, otro dolor, el del cráneo entero y la vista. La turbulencia que nublaba y los pies del terror que permanecían iracundos, propensos a una patada final. Pero eso sería mucho. Hasta allí, no. Y por mí, estaba bien. Aunque mi mirada, entre serena y rabiosa, parecía retar a la agresión. Gritaba aguantar más, por el orgullo, por ser humano cualquiera. Y Hasta ahí, también estaba bien.

Nadie me levantó la cabeza, ni una sola vez, ni una. Siempre fue tan sólo el esfuerzo de mi cuello. Y muy a pesar del dolor, mi frente roja se colocaba en alto. Eso hacían soldados sobrevivientes después de la guerra. Yo era como un soldado y eso, estaba bien.

Lo que ciertamente no recuerdo, es cómo comenzaba aquel bombardeo de golpes terribles. Mi cuerpo era tan indefenso, que no había fuerza que valiese. No se trataba de David y Goliat. No. Aquí no había ni piedras, ni milagros de Antiguo Testamento. Era sólo eso, un cuerpo infante, de seis o siete años, contra el inmenso poder de unos de treinta y algo. Eso no estaba bien, y lo sabía. Temblaba de saberlo. Porque no existía salida. Era la física, digo yo, la que me volvía impotente. Yo, con mi corta edad, aún ni de física sabía. Y esperaba a que acabara, como se rezaba por el final de cualquier pesadilla.

Sólo camina, sobre puntillas y en mi recuerdo, la imagen del suelo, la mano que tiraba y las mías que buscaban protegerse de la contundente superficie. A veces seguidas, y a veces con sus cortos intervalos de tiempo. La nariz que sangraba por todo y por nada, el chichón perenne, el morado en el brazo, la rabia en las venas. Capaz, ahí descubrí la rabia. Tal vez, me gustó sólo porque me regalaba sus fuerzas. Y me hizo fuerte por dentro. Eso estaba bien, porque yo, realmente, era débil de cuerpo. Era como un David con un espíritu de Goliat.

Mi boca callaba. Sabía que sería terrible emitir palabra alguna. Cada oración dicha tendría un costo, doloroso, evidente, maldito. Un costo que ya yo había pagado con la primera cachetada o con los cachetes hundidos ante la presión de sus hirientes manos. Violencia que partía del pulgar y el dedo medio, que parecía querer perforar mi piel. Allí también, a veces, sangraba el labio y la rabia. Y yo conocía que aquello no estaba bien y pensaba cosas feroces, que daban miedo. Por eso, callaba. Me tapaba la boca con una cinta poderosa imaginaria. Esto hacía que se irritara más y más. Porque escuchaba su voz, maldita, colérica, poseída y sorda. Era el eco de la muerte. Y yo morí varias veces, seguidas. Me ahogué en mis pensamientos malditos, desgraciados y solos, frente a su agresiva fuerza. Buscaba estirarme en algún momento, pasarle en altura y reventarle la frente. Y eso, yo sé que estaba mal.

Lo que siempre quise saber, es qué hice para recibir mis violentos tragos. Desde los seis hasta los tantos, me tambaleé numerosas veces. Sentí la potencia del cuero, la dureza de la madera, el filo del metal y la culpa en la piel. De algún delito imperdonable debo ser culpable y mi memoria, muy cómoda ella, se encargó de borrarlo. Desapareció. Y me quedó esa última resonancia, del gancho de ropa que castigaba mi espalda, mis ojos que se cerraban y los pensamientos espantosos, venenos.

Y eso, es lo que está mal.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Desde el susurro


Le hablé bajito. Realmente no sabía si quería que me escuchara. Sólo sentía la inmensa necesidad de dejar salir esas palabras de mi boca. No escuchó, ¡claro! Tenía la mirada fija en la pantalla y sonreía al leer. No sé que leía. Yo, mientras, le hablaba bajito. Quise cerrar los ojos, pero era imposible dejar de verlo. Escuché como el viento lanzó la puerta al final del pasillo. El viento parecía estar molesto. Él, también sabe cómo susurrar bajito.

Cerré los ojos. Pero esta vez, pretendí hacerlo fuertemente. Quería que me sangraran los párpados de tanta presión. Sin embargo, no derramaron una gota. No poseo tal fuerza. En algún momento idiota de mi vida, llegué a pensar que era una mujer fuerte. ¡Qué cosas le pasan a uno por la cabeza! ¿Fuerte yo? Si no puedo ni apretar el puño con firmeza. Tampoco golpear una pordiosera pelota. Igualmente, hice el intento y cerré mis ojos. Imaginé que lo hacía con fuerza. Con eso bastó.

Volví a murmurar despacio. Lentamente solté mis palabras. Nuevamente, no las escuchó. Creo que lo he acostumbrado a oírme hablar con velocidad. Casi siempre, converso como si las palabras tuvieran prisa y el límite de tiempo, para mi discurso, estuviese culminando. Me propuse no hablar más, ni tanto. Ahora, me dedicaría a dejar de existir. Esa palabra me encanta: “inexistente”. No sé por qué. Es así. Como a quien le gustan las rayas en el mantel y el color tinto. Sólo porque sí. Capaz, algún psicólogo le encontraría un trasfondo patológico a cada uno de mis gustos. Pero no visito psicólogos, aunque les tenga respeto.

Quise que mi cuerpo pesara de sobremanera, tanto como para que me fuese imposible realizar cualquier movimiento. Es así cuando se deja de existir. Lo sé porque palpé un cuerpo inexistente. Ellos pesan, en la memoria, sobre todo. Eso fue tan sólo un querer, porque soy de aquellas que tienen apenas 53 kilos. Dispongo la elasticidad y libertad de movimiento de un niño. Escuché que él bostezó, de pronto. Sin taparse la boca. ¿Quién habrá impuesto eso de taparse la boca al bostezar? Algún tonto que creyó que algo se le escaparía y por eso cubrió su boca. Sería gracioso que en vez de la boca, al bostezar, nos tapásemos la frente o un ojo (el derecho).

A veces, creo poder hacer que mi corazón lata a mi propio ritmo. Uno, durante el ocio, supone infinitas cosas. Pero la mayoría son sueños despiertos o ilusiones inocentes, que a cualquiera le arriban en su soledad. Mi ilusión, hoy, era hacer que se detuviese. Que dejara de latir. También, he visto cómo corazones han dejado de latir. Esas cosas suceden y uno no sabe de qué manera. Me pregunto en qué momento el corazón se dice: “este es el último”. Si uno pudiese percibir que se aproxima un último latido, ¿qué haría? Yo, probablemente, regalaría un beso. Adoro los besos. Me entiendo con ellos.

En ese instante – el del latido final – vendría el pensamiento definitivo (el último). El más remoto. Por mi parte, creo que pensaría en cómo he enfrentado la vida. Un último pensamiento puede ser un gran desafío, una oportunidad dorada. Probablemente, repetiría en mi cabeza lo que hoy he susurrado tan dócilmente. Sí, definitivamente, ese sería mi conclusión.

Por tanto, esta también hubiese sido mi última decisión. Todos los días, uno tiene la potestad de tomar decisiones. ¡Cuánto agotamiento deja el libre albedrío! Y me marcho. ¿Cobarde o valiente? Inexistente. Lo hago ahora porque soy feliz. Porque quiero perpetuarme en este momento. Sin perder más nada que la vida misma. Sólo eso, extraviarme yo. ¿Qué importa? Esta perdida no la sufro. La disfruto, como cuando uno come con emoción después del hambre. Así es.

Ahora, le digo en voz alta aquellas palabras que he repetido en mi cabeza y pronunciado en voz baja. Aún no he abierto los ojos. Pronto, habré de levantar los párpados y volver la vista. Tan sólo porque me encanta verlo. Como me fascinan los besos y vestirme de rosa, por eso de que la piel canela luce bien cubierta en ese color. Muevo las manos, porque las mías no pesan ni se endurecen. Son cálidas y están cargadas de energía. Las acerco a él para que las tome. Total, son más suyas que mías; porque ellas lo buscan sin pensarlo. Como realmente hoy no he partido, ruego para nunca tener que vivir su ida; como la de todos los que se han marchado, en vida y muerte.

Mi corazón late. A veces, me da taquicardia y brincan mis extremidades. Otras, late de emoción cuando escala el deseo por mi piel. Y algunas veces, se detiene, sólo cuando sueño despierta en esos momentos de ocio.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Carta abierta a mi mamá... Sin estampilla ni arreglos de prosa



Sería fantástico… así dice Serrat. Sería fantástico tenerte cerca. Preguntarte tantas cosas. Todavía saltan a mi cabeza interrogantes por hacer. Desde qué zarcillos van con la camisa rosa, hasta qué opinas del país en el que habitaste. La verdad, es que siempre hice el papel de sorda ante tus reclamos y consejos. Sólo fingía y siempre lo supiste. En este momento, lo único verdaderamente fantástico sería tenerte cerca. Te extraño.

Tengo tanto miedo. Pánico a equivocarme y no hallarme en el espejo. Temor a ser débil y lucir fuerte por fuera, como siempre lo hiciste tú con ese disfraz de tirana. Necesito preguntarte tantas cosas. Siento impotencia por no saber qué respuestas me darías. Como si no te conociera lo suficiente. Y lloro. Porque te necesito, porque te extraño.

Son numerosos cambios súbitos. Toma de decisiones por hacer. Te necesito, coño. Sólo quisiera que estuvieses cerca. Porque jamás me hubieses abandonado. Porque a pesar de todo, siempre estuviste ahí. Porque siempre me deseaste lo mejor. No es que no sea feliz, no. Realmente, es todo lo contrario. Lo que siento es miedo, ansiedad, angustia frente a la vida que corre avivadamente. Siento que te extraño.

Siempre que enfermo (y últimamente lo hago con frecuencia) te recuerdo. Brincan en mi memoria tus cuidados, muy a tu modo. Tu lucha constante por desvanecer mis males. Tus recetas caseras y los récipes médicos inventados. Nadie me cuidó como tú y eso no debo olvidarlo. Nunca. Muchas personas dicen que aún me cuidas, pero no puedo evitar sentir sólo el vacío que dejó tu perdida. A veces, quisiera creer que aún existes con aquella fuerza única y tu carácter templado. Sobretodo, por mi hermano, quien te necesita. Siempre. Quiero creer que si no te siento conmigo, es porque estás con él. Nunca lo dejes solo. Te lo suplico, mientras te extraño.

Dame coraje. Si hablo como una niña frágil, no es porque lo sea. Simplemente, es que te necesito. Frente a ti, sólo conozco la posición y el tono de hija. Quiero escucharte. Mamá, juro que te pienso todos los días. Antes decía nunca extrañarte, pero realmente no hacía falta, aún no te había perdido. Vienen tantas felicidades a mi vida que ojala pudiese compartirlas contigo. Sé que serían tuyas. Alegrías compartidas. Desconozco si estás orgullosa de mí. Ruego porque así sea. Mamá, estarías luciéndote como pocas en estos momentos. Yo estaría tranquila, aunque discutiendo contigo por cada detalle. No importa, eso no quiere decir que no te extrañe.

Lamento saber que más nunca voy a verte. Esa sensación es terrible. Sólo me queda imaginarte a mi lado. Si es que puedes, ayúdame a no quebrarme ante el futuro. Dame las fuerzas que abandonaste al final del camino. Hoy quisiera tenerte a mi lado. Eras el pilar que sostenía mis ganas. Permíteme escucharte. No te alejes de mi hermano. Dame la tranquilidad de saber que tu protección lo cubre, como el mejor de los escudos. Él también te extraña.

Mamá, regálame un consejo. Deposítalo en la sala o en mi cuenta de correo electrónico. Donde quieras. Sólo obséquiame una ayuda, un empujón, una opinión, un abrazo. Ese abrazo que nunca llegó y aún espero. Bríndame esos besos que aún extraño. Eso sería fantástico.

Tu hija,
Vero.

PD: anexo foto reciente de tus dos hijos.

jueves, 20 de septiembre de 2007

SE HABLA BOLERO





Amador y Desprecio discuten bajo el manto de la luna que se cuela en la ventana. Ellos sólo hablan el idioma de los boleros, propios de las noches vagas y el desamor.



NOTA: TODO EL DIÁLOGO ESTÁ EN IDIOMA BOLERO.




Sra. Desprecio:
Llorarás, llorarás mi partida. Aunque quieras arrancarme de tu ser. Cuando sientas el calor de otras caricias, mi recuerdo ha de brillar donde tú estés. Has de ver que mi amor fue sincero y que nunca comprendiste mi penar. Cuando sientas la nostalgia por mis besos, llorarás, llorarás, llorarás.

Sr. Amador:
Se te olvida que me quieres a pesar de lo que dices, pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar. Se te olvida que hasta puedo hacerte mal si me decido, pues tu amor lo tengo muy comprometido. Y hoy resulta que no soy de la estatura de tu vida y al dejarme casi se te olvida que hay un pacto entre los dos. Por mi parte, te devuelvo tu promesa de adorarme, ni siquiera sientas pena por dejarme que ese pacto no es con Dios.

Sra. Desprecio:
Tú me has dado a comprender que no te importo nada. Que me diste tu amor por equivocación. Y yo no sé qué hacer, si reír o llorar, o llenarme de pena, o sufrir la condena de tu mal proceder. Porque mi corazón, cansado de sufrir, ya no resiste más esta condena cruel.

Sr. Amador:
No discutamos, porque después de la primera discusión hay muchas más. Hoy terminamos. Tuve la culpa, fue mi error. Ya te perdí perdón y no me quieres perdonar. ¿Qué quieres que yo haga?

Sra. Desprecio: Con el atardecer me iré de ti. Me iré sin ti. Me alejaré de ti con un dolor dentro de mi. Te juro, corazón, que no es falta de amor pero es mejor así. Un día comprenderás que lo hice por tu bien, que todo fue por ti. La barca en que me iré lleva un cruz de olvido. Lleva una cruz de amor y en esa cruz, sin ti, me moriré de hastío. Adiós, adiós amor. Recuerda que te amé y que siempre te he de amar.

Sr. Amador:
Te vas porque yo quiero que te vayas. A la hora que yo quiera te detengo. Yo sé que mi cariño te hace falta porque aunque quieras o no, yo soy tu dueño. Yo quiero que te vayas por el mundo y quiero que conozcas mucha gente. Yo quiero que beses otros labios, para que me compares hoy como siempre. Si encuentras un amor que te comprenda y sientes que te quiere más que a nadie, entonces yo daré la media vuelta y me iré con el sol cuando muera la tarde.

Sra. Desprecio:
Y qué hiciste del amor que me juraste. Y qué has hecho de los besos que te di. Y qué excusa puedes darme si faltaste y mataste la esperanza que hubo en mi. Y qué ingrato es el destino que me hiere. Y qué absurda es la razón de mi pasión. Y qué necio es este amor que no se muere y prefiere perdonarte tu traición. Y pensar que en mi vida fuiste flama, y el caudal de mi gloria fuiste tú. Y llegué a quererte con el alma y hoy me mata de tristeza tu actitud. Y a quién debo, dime entonces, tu abandono. Y en qué ruta tu promesa se perdió.

Sr. Amador:
Ojala que te vaya bonito. Ojala que se acaben tus penas. Que te digan que yo ya no existo. Que conozcas personas más buenas. Que te den lo que yo no pude darte. Aunque yo te haya dado de todo. Te añoré, te perdí, ya ni modo… Sufro al pensar que el destino logró separarnos. Guardo tan bellos recuerdos que no olvidaré. Sueños que juntos forjaron tu alma y la mía, en las horas de dicha infinita que añoro y no han de volver.

Sra. Desprecio:
Si te hablan de mí, no me menciones. Porque vas a sentir amor del bueno. Y si quieren saber de tu pasado, es preciso decir una mentira. Di que vienes de allá, de un mundo raro, que no sabes llorar, que no entiendes de amor y que nunca has amado.

Sr. Amador:
Arráncame la vida con el último beso de amor. ¡Ay! Arráncala y toma mi corazón. Arráncame la vida y si acaso te hiere el dolor, ha de ser de no verme porque tus ojos, me los llevo yo.

Sra. Desprecio:
Tú me acostumbraste a todas esas cosas y tú me enseñaste que son maravillosas. Sutil llegaste a mí, como una tentación, llenando de inquietud mi corazón. Yo no concebía cómo se quería en tu mundo raro y por ti aprendí. Por eso me pregunto, al ver que me olvidaste, ¿Por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti?

Sr. Amador:
Perdón vida de mi vida. Perdón, si es que te he faltado. Perdón, cariñito amado. Ángel adorad dame tu perdón. Amor, habrá quien te quiera. Amor de tu amor y el mío. Porque el dolor que ansío, es el amor mío que llora por tu amor. Si sabes que te quiero con todo el corazón, que tu eres el anhelo de mi única ilusión. Ven calma mi sufrir con un poco de amor que es todo lo que ansía mi pobre corazón.


La puerta se cerró detrás de ellos. Nunca más volvieron a aparecer. Dejaron abandonada su ilusión. La puerta se cerró detrás de ellos y así, detrás de ellos, se fue su amor.

martes, 11 de septiembre de 2007

Mi Primer día de clases en la Misión Ribas





Se aproxima el regreso a clases. Nos advierten el tráfico sofocante y las compras desesperadas de útiles y uniformes. Por ello, les dejo este pequeñísimo cuentito para que coloree esta nueva temporada escolar.




Sombra alistó los cuadernos en su cartera – mas no morral, porque estamos hablando de una mujer de 35 años – Los colocó próximos al estuche de maquillaje y a los pocos bolívares que ganó trabajando en una casa de familia. Esas que residen al este de la ciudad y requieren de “muchachas” que les cuiden los pelados.

Increíblemente, todavía podía sentir los nervios del tan conocido, primer día de clases. Leyó, por tercera vez, el papelito con la dirección del liceo: “Avenida Morán, Instituto Técnico Industrial de San Martín”.

El reloj del celular marcó las siete de la noche. Estaba retrasada. Pensó en lo terrible que es llegar tarde al primer día, sintió mariposas en el estómago y pidió a la Virgen de la Inmaculada que le otorgase éxito en los estudios. Tenía que "echar pa´lante y salir de abajo". Quería estudiar.

Al llegar, llenó una planilla que solicitaba sus datos personales. Ella había cursado, en tiempos mejores, hasta cuarto año de bachillerato. Sin embargo, se inscribió en el primero sólo por probar. Total, ahora el título se puede obtener únicamente con dos años de estudios.

“Formalmente inscrita en la Misión Ribas” sentenció un joven vestido de rojo que recibía formularios y al parecer, también daba bienvenidas. Sombra pasó al salón asignado y se adueñó de uno de los pupitres de la primera fila. Al poco tiempo, el aula estuvo llena. Eran veinticuatro alumnos, para ser exactos. Esperaban al profesor.

Entró al aula un muchacho alto, como de dieciocho años de edad. Consecutivamente, explicó su función dentro de la Misión. Él sería el encargado oficial del VHS. Sus competencias constarían de encender, colocar, adelantar, retroceder, pausar y retirar un casette de video académico.

Sombra no entendía mucho. Se preguntaba cuándo llegaría el profesor de matemáticas. Y llegó. Era un hombre canoso, trigueño, barrigón y virtual. Apareció justo cuando el joven del VHS dio play a la película. Cual artista famoso, el pedagogo aritmético se mostró en la pantalla chica del salón. No dijo nombre alguno. Solamente aclaró, en acento cubano, que su asignatura era matemáticas y ordenó a los presentes copiar lo que él apuntaría en la pizarra (del video).

Ahora, Sombra sentía el peso de sus años. Percibía la notoria diferencia entre las clases de veinte años atrás y las actuales. Transcurrió así la lección de matemáticas y Sombra sentía que los números, de hoy en día, eran más pesados y complejos. Tuvo interrogantes y las guardó para sí. Sintió pena de preguntar al profesor de la tele y saber que éste no podía contestarle. Supo que en las misiones no existía espacio para manos levantadas y preguntas reflexivas.

Al final de la clase - matemática a la cubana - la pantalla se mostró negra con numerosas letras blancas. El muchachito del VHS les explicó que esos eran los apuntes que debían copiar, y así lo hicieron. Tres videos vieron Sombra y los otros veintitres alumnos, en su primer día. Tres distintos profesores virtuales, que hablaron durante 45 minutos, sin interrupciones. Matemática, inglés y lenguaje fueron las materias vistas en esa primera experiencia.

Sombra sintió frustración consigo misma, sobretodo, por inglés. Creyó culpable a su edad y la falta de práctica. Llegó a pensar que, posiblemente, ella no comprendiese mucho el cubano. No tuvo respuestas a sus dudas y tampoco encontró quien se las brindara.

Al partir, Sombra recibió tres folletos. Eran guías de estudio. Preguntó al joven de rojo cuándo serían las fechas de los exámenes. “¿Exámenes? No los hay. No hacen falta. El conocimiento no se mide en calificaciones” explicó. Asimismo, le comentó que posiblemente organizarían una convivencia al final del curso. Allí, un recreador haría una pregunta a cada alumno. De esta manera, se evalúa la efectividad de la misión y se establece un "control".

Sombra se dirigió a la parada de carritos por puesto. Estaba algo confundida. Se cuestionaba sobre su posibilidad de aprender realmente. También, entendió que eso de "salir de abajo y echar pa´lante", cuesta mucho. Por lo pronto, llegaría a su casa, serviría la cena a sus cuatro hijos y les preguntaría qué tal estuvo ese primer día de clases. Necesitaba hacer comparaciones. Debía pensar en el futuro de sus pequeños. Ya ella se veía perdida.

Testimonio de Luz Mar Colmenares.

jueves, 30 de agosto de 2007

YA NO SABEN QUÉ INVENTAR


- Verder tonterías, nunca fue tan fácil -


Dogmáticamente, todos nos encontramos en la constante búsqueda de la felicidad. Claro, ella goza de infinitas definiciones y centenares de “recetas para obtenerla”. Existen quienes aseguran haberla hallado y encantados por su efecto grato, se adormecen fanáticos en los desbocados brazos del consumismo. Así es. Una tarjeta de crédito y unos cuantos billetitos verdes permiten a muchos comprar la gloria.

El consumo excesivo no conoce límites. Con el paso del tiempo, justificarlo es más sencillo. Tanto las industrias, como las demandas se tornan más creativas y la publicidad parece aproximarse al consumidor. ¿Será, más bien, que es el consumidor quien es más dócil frente al efecto persuasivo? No lo sé.

Mi sorpresa fue toparme con un nuevo juguetito del mercado. Su nombre es “The Easy Button” (el botón fácil). Una demencia de producto. Se compone de un gran botón rojo, sobre una base platinada, que posee estampada la palabra “easy” (fácil) en su parte superior. Al oprimirlo, se escucha a una alegre voz femenina, que dice: “That was easy”, lo que significa: “Ha sido fácil” (existe también su versión en español). ¡Eso es todo lo que hace el aparatito! Pero lo más grave, es que ¡existen personas que lo compran! Lo juro, conozco un par de seres humanos que aseguran NECESITAR un easy button, Carlos G. Sucre, por ejemplo. “Todo sería más fácil” afirma convencido.

Fácil… sencillo es ver cómo la gente gasta 5 dólares en cualquier basura. El ineludible botoncito - pensado y creado por Staples - no hace absolutamente más nada. Reproduce el “That was easy” o el “Ha sido fácil” y punto. ¿Necesitamos un botón que diga eso? Si es así, estamos mal.

Increíblemente sus ventas son exitosas. Lo adquieren desde niños que van a la escuela y hacen tablas de multiplicar hasta altos ejecutivos con cantidad de “stress de oficina”. Sorprendente. Considero un lujo poder comprar un botoncito tan inútil. Basura inorgánica, le llamo.

Sin embargo, madurando el asunto… Pensé - sonriendo en mi sarcasmo - en posibles personajes que podrían haber sacado provecho al juguete en cuestión. Aquí les van:


Hugo Chávez: “Reformar la constitución e instalarme hasta que se me antoje en el gobierno venezolano… (push button / oprime el botón)… That was easy”.


Lorena Bobby: “Cortarlo como un suave pedacito de carne… (push button)… That was easy”.


Osama Bin Laden: “Tumbar unas torres gemelas… (push button)… That was easy”.


Paris Hilton: “Ser cantante, modelo, actriz, escritora, estrella porno, cualquier cosa… (push button)… That was easy.”


Guido Alejandro Antonini Wilson: “Meter 790 mil dólares en un maletín y llevarlos de paseo a Argentina… (push button) … That was easy”.



Milli Vanilli: “Ganar un Grammy, sin necesidad de cantar, es cuestión de doblar… (push button)… That was easy”.


Caldera: “Poner en libertad a Chávez y, bueno, cagarla… (push button) … That was easy”.


Laura Bozzo (Laura en América): “Hacer un talk show donde se embasure a la audiencia y se alimente el morbo provocado… (push button)… That was easy”.


George W. Bush: “Justificar una “pequeñita” guerra contra Irak … (push button)… That was easy”.


Yasuri Yamileth: “Componer una canción… (push button)… That was easy”.


Luciano Moggi (Juventus): “Hacer corrupción en la liga italiana… (push button)… That was easy”.


Etc, etc, etc, etc....

Imagino que tendrán sus propios personajes a los que se les hace la vida fácil...
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ANEXOS:
1.

www.staples.com


2.

Carlos G. Sucre RG II 2007 dice: (03:23:50 PM)
claro!
Carlos G. Sucre RG II 2007dice: (03:23:53 PM)
yo QUIERO un easy button!
Carlos G. Sucre RG II 2007dice: (03:24:02 PM)
mi vida ahorita es muy pelua
Carlos G. Sucre RG II 2007dice: (03:24:05 PM)
yo quiero easy!


martes, 21 de agosto de 2007

El GENEROSO DR. WUZ

Esto sucedió realmente. Incrédulos o interesados llamar a
Dr. Wuz al número en pantalla.


Ni se compra ni se vende el cariño verdadero. Ése se regala. Les presento a Dr. Wuz. Un hombre infinitamente generoso al que se le antojó regalar su yate. Así mismo: ¡Yate Regalado! No se trata de una lanchita cualquiera, nada de eso. Hablamos de una embarcación de 55 pies, un bote de madera enorme.
El tipo en cuestión reside en Marco Island, islita pulcra del estado Florida, popular por sus playas y tradición pesquera. Hace algún tiempo, Dr. Wuz se encargó de colocar, en ciertos puntos estratégicos, panfletos donde ofrecía gratuitamente su yate. En el papelito, tamaño carta, se mostraba la imagen de un lindo barco sobre las aguas tibias del mar. Conjuntamente, indicaba un número telefónico al que debían llamar los interesados en recibir el obsequio.
Rolando confesó sentirse atraído por la noble oferta que exponía el panfleto. Alcanzado su medio cupón de años y confiando en que “en el mar la vida en más sabrosa”, o por lo menos más entretenida que en Miami, detuvo su carro en plena avenida. Allí se encontraba una vieja camioneta, blanqueada por el sol, forrada con los mismos panfleticos que había observado anteriormente al costado de la carretera.

Descubrió a Dr. Wuz detrás de una barba extensa - como la de un nomo – sombrero de pescador, camisa estampada y acomodado dentro de su vehículo rotulado. Fue Wuz quien le hizo saber que era doctor. “Nice to meet you, Dr. Wuz”, dijo Rolando y comenzó a disparar preguntas cual periodista.
Wuz comentó ser activista político. Pronto realizaría una gira en búsqueda de estrategias para abrir comercio con Cuba. Se declaró científico inventor. Rolando también lo es, por lo que crearon rápidamente cierta empatía. Mostró entonces el fulano regalo que ofrecía. Para sorpresa de Rolando, éste no tenía absolutamente nada que ver con el de la foto. “Estrategias publicitarias” explicó Wuz. Ciertamente, se trataba de un yate de 55 pies, aunque a diferencia del de la foto, poseía un hueco descomunal en su parte inferior y por ende, la mitad de él se encontraba sumergida en el mar. “Se puede arreglar. Sólo hay que esperar a que baje la marea, ir con una planta eléctrica portátil, herramientas, algo de madera y tapar el hoyito”, esclareció el donante barba blanca.

Rolando disfrutaba la conversa. Le parecía un cuento entretenido de esos que publica la gente en los blogs. Se encontraba de lo más divertido, mientras su esposa lo esperaba y observaba desde el auto a un costado del camino. “Está loco el viejo ese. Yo no me bajo ni a patadas. ¿Qué tanto hablará Rolando con ese señor?”, pensó Gabriela.
“Dr. Wuz, una pregunta: ¿Por qué invertir tanto tiempo y energía en promocionar un donativo como este?”, interrogó Rolando.
Wuz bajó la mirada y reveló, algo enfurecido, que el Estado de la Florida le ordenó retirar inmediatamente la embarcación del mar. De no hacerlo, será penalizado con una multa de 30 mil dólares. “Los corruptos esos. ¿Puedes creer que ni siquiera me dejan quemarlo? Sería más fácil. Definitivamente, unos tramposos. Me multarán y luego vendrán ellos mismos a quemarlo, para lograrlo sacar. Sin embargo, ¡tú tranquilo que estás a tiempo! El barco no está tan mal que digamos. Hasta podrías dejarlo ahí y construir encima de él un condominio, por ejemplo. No utilizarías la parte inferior, claro, por aquello de que está hundida en el agua”. Así fue como Dr. Wuz anotó el número celular de Rolando, lo despidió simpáticamente y se excusó por su corto tiempo de atención. Debía pues, ir a bailar – Sí, así mismo: bailar - en un restaurante del pueblo donde presentan música country desde la una hasta las siete de la noche. Se marchó con su ancha sonrisa, confiado de haber hallado, finalmente, a un arriesgado marinero. Mientras, Rolando partió con una divertida anécdota para contar.