Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de abril de 2009

De los males el peor


Me largué de la cuidad, esa estúpida gente que se grita y se odia. Recuerdo que detesto los semáforos y los carros; me da asco la calle. Hoy no quiero pensar en todos aquellos cosmopolitas que dicen querer a sus ciudades. Hablan de ellas como si se tratara de bellas mujeres, y siempre he sido celosa. Pienso en la propuesta comercial de vender a las capitales del mundo como si fuesen marcas de ropa, de pantaletas. ¿Quién demonios es esta ciudad? ¿Es acaso el que ventila groserías con la mano a través de la ventana del auto? Ahí vamos en el carro de la ciudad; junto a la calle y esa gente: detestable contaminación del odio.

Ya en la carretera, veía como él volteaba el rostro. No quería verme. El contacto visual ha sido un problema de ambos. Por ahora, decidí hacerme la tonta, la olvidadiza. Jugaba con la cadena de hilo al pecho, la bailaba al son de la música de los noventa que sonaba en la radio. La gente reía, haciendo comentarios de la época, hablaban de telenovelas y galanes, del bueno o del malo. En un momento creí que nos citaban. Y me dio risa. Me burlé de tus rabias, tus miedos.

Afuera hace calor. Sudan los árboles. La carretera deja de ser de asfalto. Brincan las ruedas y siento ese mareo que se instala en la cabeza. Cuando cierro los ojos y todos hablan, me preguntas qué pasa. Sonrío, te beso. Eso pasa. Me besas. Vuelves ansioso a tu collar de hilo y conversas. Nadie pregunta hacia a dónde vamos. Se supone que alguna recompensa dan los viajes; además este valle tiene un nombre tanto difícil de recordar.

La casa era prestada. El dueño la había abandonado años atrás, dejando a un capataz y a su esposa para los cuidados. La mujer me saludó con amabilidad al llegar. Noté cómo examinó mi espalda y el tatuaje en medio de ella. Debió disgustarle. La entiendo, es por ello que lo llevo acuestas, para no verlo más. Tomé un par de pastillas sin que lo notases, las robé del bolso de tu tía. Sucede que hace tiempo que no distingues la rabia de la tristeza, o ya no te importa. ¿A qué juega tu indiferencia? ¿Por qué vinimos juntos? ¿Es acaso en el mar donde se sepultan las ganas?

No soy fotógrafa. Pero me he pedido la cámara para hacer el registro de este viaje. Lo mejor de fotografiar es que no tengo que hablarte, ni escucharme. El salitre me recuerda mi lugar favorito en el mundo. No sé si es éste el mismo mar que baña las orillas de mi futura tumba; pero siento que muero. Lo comento contigo, pero no parece importarte. Cuando te invito a compartir una foto, volteas el rostro y niegas con el dedo. Me molesta cuando ríes y no entiendo tus chistes. Prefiero subir a una de esas piedras altas, para engañarte. Por eso sentencio y bautizo este viaje como: nuestra traición.

A oscuras frente al mar, conversé con tus familiares y amigos. Las historias retrataban mi infancia, aún cuando no hablasen de mí ni de sus olores. No quería pensar en bonitos tiempos. Sentía tristeza y rabia. La nostalgia no suele ayudar en momentos para la cólera y la melancolía. Por eso caminé descalza sobre la arena. Pensé en sumergirme en la noche, pero ese era un experimento al que me hubiese gustado invitarte, como cuando me sugerías locuras al oído. Además tu primo hablaba de política y recordé mi rabia para con la ciudad, el país entero. Apagué el teléfono celular. Era la quinta vez que revisaba los mensajes. Nada. Yo sabía que no daría rastros de vida, ni él quería. De hacerlo, yo seguiría con su juego. Era imposible detenerme, más aún cuando perdía en mi batalla contigo. Tu, ahí, ensimismado ni volteaste a ver cuando crucé las piernas.

Mis poros se abren cuando pienso en ese beso de ayer, de despedida. Tiemblo y se encoge el estómago. Siento ganas de correr y abrazarme a la idea de que me aman. No me gusta ni me gustará estar sola. Todos se marchan. A veces quisiera dejar de sentir que soy ancla que estanca en la tierra. Cuándo será el momento que marche y disfrute de la soledad. Nunca. Es una desconocida. La compañía es quien toca a mi puerta. Luego, no subrayes que no lo advertí. Así me conociste ¿olvidaste nuestro pasado? Veo cómo te balanceas en tu lectura sobre la hamaca. El viento siempre ha sabido mecer tu cabello. Esta noche he pensado colarme entre tus sábanas, aún no me invitas.

Él me besó. Llegué a notar cómo se estremecieron sus pupilas. El iris parecía abrazarme cuando se sorprendió cerca, a un escalón de distancia. Èl lo había calculado. Parecía medir mis movimientos cuando yo bajaba despacio, meneando la cintura y acomodándome el cabello. Supo llamarme. Fue rápido, intenso, cercano. Me besó y se fue. Ipso facto. Tenía más de tres meses que no lo hacía; parecía una eternidad entre nosotros. Cuando se marchó, volteó el rostro. Había ganado una batalla. Te llevaba ventaja. Él lo sabía; rió, porque siempre sonríe sobre tus logros. Es un ganador y yo soy su derrota. Fui y soy la idea de lo imposible; la perfección entre sus conceptos; lo platónico del deseo. Y no miento.

Cumplo con mis planes. Aquí estoy entre tus piernas. No te siento conmigo. A dónde te has marchado, si aún no te toca partir. Me haces sentir más sola cuando estás más cerca. Despídete. Has pedido que me marche. Lo voy a hacer. Corro a mi intento de adiós y lo convierto en "mañana". Olvida mis hombros, ya cargo una cruz a cuestas. Estaré desnuda, abrazada a las ideas de lo que quiero. Tengo un beso atesorado que me hace sentir poderosa. Te pido guardes los recuerdos, mientras olvido tu olor en mi cuerpo. Sus manos moldean mi cintura y me lanzan contra la pared, aprende la lección. Sus sueños se parecen a los que sí quiero soñar. Lo siento, la emoción llena tu espacio. La infidelidad quiere hacerme suya, nunca digas que no lo advertiste. Despídete, frío. Hasta unas horas más tarde. Verás cómo estaré mejor.

jueves, 19 de febrero de 2009

El cuento porno que se perdió en las elecciones

La musa se había ido con Sabina. Pero volvió, sudadita y apagada, volvió. El pasado viernes llegó noctámbula y me sorprendí escribiendo un cuento nuevo para mi blog o para lo que fuese. “Va a quedar divertido y diferente” (eslogan barato de cualquier publicista barato). Ya tenía el título, los protagonistas, el clímax y el final. Era mía esa historia. Me gustaba.


“En la sala … a-já, voy a escribir en la sala” y atrás se oía el ventiúnico canal de noticias (y ojo: no estoy diciendo “el mejor canal de noticias”) que invitaba – casi de rodillas- a los venezolanos para las elecciones del fin de semana, en su 15 edición y contando. “Coño, ¿tendrás alcohol en tu casa? Hay ley seca y mañana es día de los enamorados ¡qué ladilla!” mensaje de texto, maldita globalización. “Sí vale. Aquí hay vino, creo. Vente. Pero no fastidies mucho que quiero escribir alguito”… “Eres una galla, marica”… “No, soy mamá y aún así estoy bien chévere, ridícula. Ja,ja,ja”.

Ahora sí… título: XXX, “bien”. Y comienzo con Martín, uno de los personajes. Y le escribo un mensaje de texto a Jorge Sayegh, para que me cuente sus anécdotas y así darle forma a la narración. “Bien, al fin viene la historia a la cabeza”.

¡Ring, Ring!
(o la canción que tengo de ringtone)

-Aló.

-Vero, ¿y tú cómo ves la cosa de este domingo?

-Bueno, difícil.

- No, vale yo creo que va a quedar bastante pareja, pero aún así: ganamos… yo digo que triunfa el NO.

-Mmm, no lo creo… bueno, no lo sé, yo siento al “SÍ” hasta en la pituitaria… ¿no ves propaganda política hasta en la tapa de tu poceta y piensas: ¡coño qué cagada!?

-No vale, Vero, en serio, marica

-Es muy en serio, y lo digo así sólo porque eso me tiene arrecha.

-OK.

-Sí, arrecha; además estaba escribiendo un cuento. Tengo días queriendo escribir. Quiero aprovechar que Carlota duerme para escribir y vienes con tu llamada para hablar de eso.

-¿Y Leo?

-En el playstation

- Ja,ja,ja… marica, qué gallos los dos… pero ¿vas a votar, no?

-Claro, aún con los resultados cantados yo voy a votar. Sólo para que al **** de Chávez le duela, en el estómago, esa gran cantidad de votos que tiene en contra; para que siga diciendo que esta es una oposición escuálida, que aquí hay igualdad y el montón de mentiras que lo caracterizan… y ya… me arreché contigo también.

-¿Y por qué? Ja,ja,ja.

-Porque ya no quiero escribir, ya me contaminé de política oootra vez.

-Lo siento, amiga. Así aprovechas y te tomas alguito. ¡Ah, coño! verdad que no puedes porque estás amamantando.

-¡Ay, cállate! No importa, me voy con mi bebé. Te quiero, pero chao.

Y dando pecho, pensé en Martín, el personaje ladrón que robaba a Jorge (otro personaje), y en Jorge quien llamaba a la policía. Y pensé en que los dos eran venezolanos. Y pensé que el policía era un personaje inútil, precisamente por ser policía y venezolano. Y me arreché. Y pensé en lo corruptos que son los policías, pensé en lo abusivo y lo mafioso. Y pensé en que a cualquiera en esta ciudad - como en muchas del país - lo roban; y que éste es un cuento repetido, aburrido en lo social. Pensé que realmente cual-quie-ra podía ser Jorge. Pensé que aquí nos atracan a todos (atracan, atracaron y atracarán). Y pensé en ese "todos". Pensé en gente conocida, en gente pobre, en gente rica, en familiares, en los familiares de esa gente. Pensé en cómo "todos" nos hemos vuelto esclavos de delincuentes y del abuso. Pensé en que no quería que Carlota creciera aquí. Yo soy mamá de una bebé de tres meses. A mí no me puede pasar nada, o no debería. Nunca había temido a la muerte, hasta ahora. ¡A Carlota le pueden robar a su mamá! Vivimos en la ciudad del miedo.


Y me dio arrechera. Me dio rabia. Me sentí mal. Me culpé por hacerla venezolana, por hacerla esclava de nuestras enfermizas medidas de seguridad. Por saber que aquí no se puede jugar en todos lados y que cualquiera, cual-quie-ra, es víctima de Caracas… cochina y sucia, por demás. Coño, sí. Sí lo había pensado antes, es verdad. Pero es que a este país no hay quién lo mida. Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que algún día este gobierno de la rabia no nos va a sorprender. Justo donde se piensan que están los límites del abuso, justo detrás de esos límites, está este gobierno venezolano, con alguna forma novedosa para jodernos más.

Yo sí creo que este gobierno trabaja por los pobres. Aquí el chavismo rojito ha trabajado diez años por empobrecer al país entero. Y con ella aparece la delincuencia, la violenta delincuencia. Y yo no quiero para mi hija ningún tipo de violencia, ni para mi casa ni para la de nadie. Aquí Carlota no se va a criar a punta de coñazos violentos. No.



¿A dónde coño se fue el sentido común? Aquí, aún cuando no lo parezca, hay muy poco que explicar. Se trata de la calidad de vida de la gente, y de la de sus hijos, y de sus seres queridos. Yo no pienso en este país como el concepto de espacio físico. Yo pienso en la gente de este país, que habita un pedazo de tierra porque así le tocó, y todo el que tenga vivienda propia - o todo aquel que no la tenga- sabe lo jodido que es conseguir un pedazo dónde vivir. Y, sí, es verdad, veo gente que ahora se siente incluída y tomada en cuenta. Pero hasta ahí. No veo a muchos VIVIENDO mejor. No veo a ese "pueblo" tranquilo. Como tampoco creo que sean insuficientes diez años de mal gobierno para andarse pavoneaando con el logro de la “inclusión”; después de estos años debreían ser muchos más, ¿no?

¿En qué país viven los chavistas, coño? Hasta cuándo los intelectuales del chavismo van a regalarle argumentos creativos y "sólidos" al gobierno, para justificarle todo lo que dice, todas sus mentiras. Hasta cuándo van a servir de jala-bolas de un gobierno que ni siquiera esconde su corrupción, sino que se pasea escandalosamente en grandes camionetas blindadas y viajan como cualquier “piti-yanqui” adinerado por el mundo, comprando con dólares que les controlan a los demás. Mientras que esos demás se comen un cable o se traguan la propaganda política, las cadenas y el rojo.

Si todo fuese tan de “ante-ojito”, como decimos aquí; si tanta buena gestión fuese obvia ¿por qué gastar tanto dinero en propaganda política todos estos años (10, por si alguno el "todos" les suena menos)?, ¿haría falta tanto despilfarro propagandístico si el gobierno fuese realmente un buen gobierno? En este país -desde siempre- cuando el gobierno hace su trabajo, hay que aplaudirlo (cual foca) por ello. Hay que estar dando gracias –y el culo- porque ellos hacen el trabajo, por el que cobran a todos los venezolanos (hasta los "incluídos"). Y yo no creo que absolutamnete todos los votos sean comprados ni obligados; ni tampoco culpo y señalo a los venezolanos con el adjetivo de la ignorancia. Sólo creo que algunos –o casi todos- somos bastante ingenuos.

Que los pobres, en su pobreza, compran aquello de que la solución al problema está en vestir de rojo, votar sí y hacer pagar a los culpables de los gobiernos anteriores (en el orden que gusten); que en pocas palabras: la solución está en cobrarle las injusticias a la clase media, más no está en solucionar los problemas (la salida está en la arrechera, pues). Y los opositores siguen, en medio de su ingenuidad, creyendo que esta vez Chávez llegó al límite y que no existe otro exceso posible; del enemigo “piensa lo peor” y Cuba queda más cerca de lo que parece (y mi papá es cubano).

Aquí nadie vive en Venezuela, no. Esta no es la Venezuela de todos, ni la Venezuela de algunos. Esta es la Venezuela de Chávez. Él trata a este país, y los que vivimos en él, como su casa y los inquilinos. Y como todo inquilino, bastante es lo que le molestamos; porque no es nuestra casa, no son las normas para todos, ni hay igualdad de fuerza, ni hay elección.


El chavismo habla de las minorías y su inclusión. Pero a la vez quiere vernos a todos vestidos de rojo, golpeando el puño mientras decimos que "lo hacemos por amor". Juega a darle nuevos significados a las cosas. Cambia las estrellas de la bandera, los nombres de todo... se pone creativo en sus ratos libres y hace lo que le da la gana en su inutilidad. Cree que por pintar una casa, está haciendo una nueva. Cuando no se trata de parapetear el país ahí más o menos, cuando nos sobren los reales. Se trata de arreglarlo, de acomodarlo, de joderlo menos y hacerlo bien. No se trata solamente de incluir, se trata de cambiar. Pero mientras el chavismo cree que la alegría está y estará en ganar elecciones y no en una mejor calidad de vida; o mientras la oposición continúe esperando lo mejor en lo peor, aquí no habrá salida... si es que la hay. Porque repito, al final, parecemos todos inquilinos.

No escribí el cuento, ni me perdí enamorada en la mirada de mi bebita con sus pestañas seductoras. Me quedé escribiendo a la víspera de estas elecciones. Mientras mi amigo Martín roba a Jorge y descubre a Ana Teresa, desnuda... todo esto solo en mi cabeza. Quedó la historia en dos párrafos. Justo antes del teléfono; antes de la realidad; antes de olvidarme que escribía en casa de otro. Yo quería escribir. Pero preferí desahogarme, solo por joder o sentirme menos jodida.

15* elección.
Referéndum 2009
Ganó el SÍ.

Voté, y fuimos muchos, aunque no los suficientes.

Faltaron Martín, Jorge... y Ana Teresa, sin ropa.


miércoles, 2 de julio de 2008

Lo que pasa, pasa

¿Saben qué pasa? Que es mentira si escribo por escribir. Se lee a mentira. Oraciones entre signos de puntación disfrazadas de intensión, aunque no exista ninguna detrás. Palabras vacías. Mentiras. ¿Saben qué pasa? A veces sólo escribo cuando me conmuevo, me emociono, me decepciono, me entristezco, me lleno de nostalgia, de sueños, de sorpresa o de agonía. No sé cumplir con las tareas impuestas a la libertad; a la libertad de escritura, refiero. No puedo. En otra vida, me gustaría ser cantante y ponerle melodía a lo escrito... como Serrat o Sabina. En esta sólo me queda escribir para al leerme, escuchar mi voz. Son escasas las veces en las que me escucho o escucho a los demás. Hay momentos en los que no escucho a nadie y no me importa, ni aparento. También ocurre que quiero escribir sólo cuando el mundo parece caerse a pedazos. Se siente como GRITAR. Soy eco. Pero con el tiempo la suma de los escritos dan como resultado: pesimismo. A él le tengo pánico. Prefiero creer en la esperanza o "sonreír con tristeza a dejar de sonreír". Me gusta reír. Me encanta escribir (con/para/por) la verdad... mi verdad. Detrás de la ficción de mis cuentos, se esconde la verdad de mis intenciones. Eso es hermoso. ¿Saben qué pasa? Si hubiese aprendido a tocar guitarra, preferiría componer. Parece más real... aunque realmente no lo sé, no toco ningún instrumento. Cuando uno expone lo que escribe, personas (pocas) esperan tu escritura. Eso es increíble. Pero poco importa la espera, si a quien realmente se aguarda es a la verdad... al sentimiento. Soy de las que cree que existen seres - que como yo - escriben mentalmente en la cintura de los que caminan, en las lágrimas de los desconocidos, en las paredes de las casas, en el tráfico, en las historias de otros, en la basura … y tontamente se olvida al papel ¿Saben qué pasa? Hay veces en las que uno se hace el ciego, el sordo, el tonto y no le da la gana de pensar en lo que pasa o en lo qué nos pasa. Eso pasa. Es ahí donde se pierden las líneas y se olvida escribir... o eso aparentamos. Olvidar no es así de fácil. Aunque sepamos que al final todo pasa.



martes, 27 de mayo de 2008

Mi epitafio


Recuerdo, que en medio de tantas revistas y entrevistas, encontré una de esas preguntas breves - tontas, pero curiosas - donde le preguntaban, en tono apocaliptico al entrevistado: ¿cuál frase escogería para ser escrita en su tumba? Él respondió que no sabía. Y ahí quedó el asunto.

Yo, en medio del tránsito mortal, escuchaba música. "Obviamente, mi tumba - porque nada de eso de que me estén quemando - tiene que ser sencilliiita... el epitafio (si es que sobra espacio luego de mi extenso apellido) debe surgir de alguna canción. ¿Cuál canción?" ... Así fui, paseándome - con mi locura y patologías - entre frases, canciones y poemas conocidos.

Días después, en noches largas y de ocio, ingreso a la querida matrix que supone ser Google y de blog en blog encuentro este post:

Epitafios Célebres . -

"Si no viví más, fue por que no me dió tiempo" Marqués de Sade

"Disculpe que no me levante" Groucho Marx

«Estoy aquí en el último escalón de mi vida. Marlene 1901-1992» Marlene Dietrich

«Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo». Miguel de Unamuno

En la tumba de Arquímedes se dice que había como único epitafio un cilindro circunscrito a una esfera.


Epitafio de Molière, escrito por él mismo:

Aquí yace Molière el rey de los actores
En estos momentos hace de muerto
y de verdad que lo hace muy bien

Epitafio de Vicente Huidobro, poeta chileno:

Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar.

Epitafio del dramaturgo William Shakespeare:

Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Bendito el hombre que respete estas piedras,
y maldito el que remueva mis huesos

Epitafio de Ludwig Van Beethoven:

Que los amigos aplaudan.
La comedia se ha acabado

el cementerio de La Almudena de Madrid:

Aquí estoy con lo puesto,
y no pago los impuestos

Enrique Jardiel Poncela:

Si queréis los mayores elogios, moríos

Epitafio en un cementerio de Inglaterra:

Toda la oscuridad del mundo
jamás podrá apagar la luz de una velita

Mel Blanc -la voz de Bugs Bunny-:

Eso es todo, amigos

Miguel Mihura:

Ya decía yo que ese médico no valía mucho


Nótese que existe un montononón de gente, tan loca como yo, que ha estudiado el tema.


Hoy, finalmente, puedo "descansar en paz".

Encontré al grupo, la canción y mi frase:



- "Just like heaven"


(Qué importa si es en inglés. Total, va escrita en tonito The Cure)



lunes, 21 de enero de 2008

De ensaladas

Para A.P.V. (que lee mis cuentos)


El martes, le dije a mi tía Trinidad que colocara menos cebolla en las ensaladas. El problema es que somos nuevas en el negocio y poco sabemos de cocina. Claro, todas mis amistades se preguntan cómo es que terminé cortando tomates y preparando vinagretas. Pero ya saben, una se hace la loca y cambia el tema. El “¿cómo está tu marido?” siempre funciona para estos casos. A las mujeres les encanta hablar de ellas y sus problemas. A mí no me gusta contar por qué ahora vendo ensaladas.

Mi tía abuela, Trinidad, es quien me ayuda. Parte de la ganancia es para ella y su gata. Todas las mañanas, bien tempranito, paso recogiendo las ensaladas por su casa para llevarlas luego al cementerio. Sí, al cementerio. No sólo ahora vendo ensaladas, sino que además lo hago en un cementerio. Por lo menos es el del Este, lo que le da caché al asunto.

Desde que estoy en el negocio, he aprendido muchas cosas del ser humano y de los vegetales. Me quedo con los últimos, si les soy sincera. Descubrí que la caprese es la más solicitada cuando se vela a un difunto adinerado. Y que estos mueren con frecuencia los días lunes. Por lo que el domingo, Andrés me lleva queso mozzarella bien fresco.

Andrés es un primo tercero o cuarto que tiene una hacienda en Yaracuy. Hace algunos meses, nos encontramos en el cementerio. Confesó no haberme reconocido detrás del mostrador. Teníamos, por lo menos, 10 años sin vernos. Comentó que velaba a un vecino. Un señor mayor que lo había ayudado con sus asuntos legales y que ahora le dejaba tres búfalas de herencia. Andrés poco sabía de búfalos, salvo que habitaban en lugares pantanosos o lagunas, y que además eran bien feos. Ese día, se servía ensalada caprese, era lunes y el fallecido uno de los abogados más enriquecidos de la capital. Recordé, de pronto, que la mozarrella se fabricaba con leche de búfala. Así que Andrés y yo hicimos negocios.

Con las ensaladas me va bien. Por lo menos resuelvo y ayudo a la tía. Englantina, mi mejor amiga, fue quien me consiguió el trabajo. Su nuevo marido es el dueño del cementerio y hacía un tiempo que no encontraban buen personal para este servicio. Es un trabajo tranquilo. No hay mucho ruido y la gente, casi siempre, da las gracias. Nunca discuten, ni hacen reclamos. Tampoco me preocupo por la cobranza o las ventas de unidades; ya que los alimentos son parte del servicio que presta el cementerio a sus usuarios. Así que, aún cuando no se venda ni una sola ensalada, siempre obtengo ganancias. Muchos quisieran tener trabajos como el mío.

Hay días mejores que otros. Todo varía según los difuntos. Si sus familias son numerosas, si la muerte fue trágica o falleció joven, si tenía muchos amigos, si el velorio es de día o de noche. En fin, con los muertos una nunca sabe. Sin embargo, procuro observar con detalle lo que ocurre en los funerales, desde el duelo hasta cómo se hacen negocios en los pasillos. Busco siempre ofrecer lo mejor. Es bueno llenarle el estómago a los dolidos, siempre que se pueda.

Por eso, pedí a mi tía Trinidad que dejara de colocarle tanta cebolla a las ensaladas. No es que tenga algo en contra del noble vegetal, sino que puede resultar bastante perturbador ofrecer cebolla en los velorios. Allí la gente se habla de cerca y reparte numerosos besos. Podrán imaginar el desastre que causo, cada miércoles, con mis ensaladas apestosas a cebolla. Además, cada vez que la Tía Trinidad pela cebolla, le da por llorar. Y eso de bañar en lágrimas la comida de funeral es como ser redundante. ¿No creen?


domingo, 11 de noviembre de 2007

Desde el susurro


Le hablé bajito. Realmente no sabía si quería que me escuchara. Sólo sentía la inmensa necesidad de dejar salir esas palabras de mi boca. No escuchó, ¡claro! Tenía la mirada fija en la pantalla y sonreía al leer. No sé que leía. Yo, mientras, le hablaba bajito. Quise cerrar los ojos, pero era imposible dejar de verlo. Escuché como el viento lanzó la puerta al final del pasillo. El viento parecía estar molesto. Él, también sabe cómo susurrar bajito.

Cerré los ojos. Pero esta vez, pretendí hacerlo fuertemente. Quería que me sangraran los párpados de tanta presión. Sin embargo, no derramaron una gota. No poseo tal fuerza. En algún momento idiota de mi vida, llegué a pensar que era una mujer fuerte. ¡Qué cosas le pasan a uno por la cabeza! ¿Fuerte yo? Si no puedo ni apretar el puño con firmeza. Tampoco golpear una pordiosera pelota. Igualmente, hice el intento y cerré mis ojos. Imaginé que lo hacía con fuerza. Con eso bastó.

Volví a murmurar despacio. Lentamente solté mis palabras. Nuevamente, no las escuchó. Creo que lo he acostumbrado a oírme hablar con velocidad. Casi siempre, converso como si las palabras tuvieran prisa y el límite de tiempo, para mi discurso, estuviese culminando. Me propuse no hablar más, ni tanto. Ahora, me dedicaría a dejar de existir. Esa palabra me encanta: “inexistente”. No sé por qué. Es así. Como a quien le gustan las rayas en el mantel y el color tinto. Sólo porque sí. Capaz, algún psicólogo le encontraría un trasfondo patológico a cada uno de mis gustos. Pero no visito psicólogos, aunque les tenga respeto.

Quise que mi cuerpo pesara de sobremanera, tanto como para que me fuese imposible realizar cualquier movimiento. Es así cuando se deja de existir. Lo sé porque palpé un cuerpo inexistente. Ellos pesan, en la memoria, sobre todo. Eso fue tan sólo un querer, porque soy de aquellas que tienen apenas 53 kilos. Dispongo la elasticidad y libertad de movimiento de un niño. Escuché que él bostezó, de pronto. Sin taparse la boca. ¿Quién habrá impuesto eso de taparse la boca al bostezar? Algún tonto que creyó que algo se le escaparía y por eso cubrió su boca. Sería gracioso que en vez de la boca, al bostezar, nos tapásemos la frente o un ojo (el derecho).

A veces, creo poder hacer que mi corazón lata a mi propio ritmo. Uno, durante el ocio, supone infinitas cosas. Pero la mayoría son sueños despiertos o ilusiones inocentes, que a cualquiera le arriban en su soledad. Mi ilusión, hoy, era hacer que se detuviese. Que dejara de latir. También, he visto cómo corazones han dejado de latir. Esas cosas suceden y uno no sabe de qué manera. Me pregunto en qué momento el corazón se dice: “este es el último”. Si uno pudiese percibir que se aproxima un último latido, ¿qué haría? Yo, probablemente, regalaría un beso. Adoro los besos. Me entiendo con ellos.

En ese instante – el del latido final – vendría el pensamiento definitivo (el último). El más remoto. Por mi parte, creo que pensaría en cómo he enfrentado la vida. Un último pensamiento puede ser un gran desafío, una oportunidad dorada. Probablemente, repetiría en mi cabeza lo que hoy he susurrado tan dócilmente. Sí, definitivamente, ese sería mi conclusión.

Por tanto, esta también hubiese sido mi última decisión. Todos los días, uno tiene la potestad de tomar decisiones. ¡Cuánto agotamiento deja el libre albedrío! Y me marcho. ¿Cobarde o valiente? Inexistente. Lo hago ahora porque soy feliz. Porque quiero perpetuarme en este momento. Sin perder más nada que la vida misma. Sólo eso, extraviarme yo. ¿Qué importa? Esta perdida no la sufro. La disfruto, como cuando uno come con emoción después del hambre. Así es.

Ahora, le digo en voz alta aquellas palabras que he repetido en mi cabeza y pronunciado en voz baja. Aún no he abierto los ojos. Pronto, habré de levantar los párpados y volver la vista. Tan sólo porque me encanta verlo. Como me fascinan los besos y vestirme de rosa, por eso de que la piel canela luce bien cubierta en ese color. Muevo las manos, porque las mías no pesan ni se endurecen. Son cálidas y están cargadas de energía. Las acerco a él para que las tome. Total, son más suyas que mías; porque ellas lo buscan sin pensarlo. Como realmente hoy no he partido, ruego para nunca tener que vivir su ida; como la de todos los que se han marchado, en vida y muerte.

Mi corazón late. A veces, me da taquicardia y brincan mis extremidades. Otras, late de emoción cuando escala el deseo por mi piel. Y algunas veces, se detiene, sólo cuando sueño despierta en esos momentos de ocio.

jueves, 20 de septiembre de 2007

SE HABLA BOLERO





Amador y Desprecio discuten bajo el manto de la luna que se cuela en la ventana. Ellos sólo hablan el idioma de los boleros, propios de las noches vagas y el desamor.



NOTA: TODO EL DIÁLOGO ESTÁ EN IDIOMA BOLERO.




Sra. Desprecio:
Llorarás, llorarás mi partida. Aunque quieras arrancarme de tu ser. Cuando sientas el calor de otras caricias, mi recuerdo ha de brillar donde tú estés. Has de ver que mi amor fue sincero y que nunca comprendiste mi penar. Cuando sientas la nostalgia por mis besos, llorarás, llorarás, llorarás.

Sr. Amador:
Se te olvida que me quieres a pesar de lo que dices, pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar. Se te olvida que hasta puedo hacerte mal si me decido, pues tu amor lo tengo muy comprometido. Y hoy resulta que no soy de la estatura de tu vida y al dejarme casi se te olvida que hay un pacto entre los dos. Por mi parte, te devuelvo tu promesa de adorarme, ni siquiera sientas pena por dejarme que ese pacto no es con Dios.

Sra. Desprecio:
Tú me has dado a comprender que no te importo nada. Que me diste tu amor por equivocación. Y yo no sé qué hacer, si reír o llorar, o llenarme de pena, o sufrir la condena de tu mal proceder. Porque mi corazón, cansado de sufrir, ya no resiste más esta condena cruel.

Sr. Amador:
No discutamos, porque después de la primera discusión hay muchas más. Hoy terminamos. Tuve la culpa, fue mi error. Ya te perdí perdón y no me quieres perdonar. ¿Qué quieres que yo haga?

Sra. Desprecio: Con el atardecer me iré de ti. Me iré sin ti. Me alejaré de ti con un dolor dentro de mi. Te juro, corazón, que no es falta de amor pero es mejor así. Un día comprenderás que lo hice por tu bien, que todo fue por ti. La barca en que me iré lleva un cruz de olvido. Lleva una cruz de amor y en esa cruz, sin ti, me moriré de hastío. Adiós, adiós amor. Recuerda que te amé y que siempre te he de amar.

Sr. Amador:
Te vas porque yo quiero que te vayas. A la hora que yo quiera te detengo. Yo sé que mi cariño te hace falta porque aunque quieras o no, yo soy tu dueño. Yo quiero que te vayas por el mundo y quiero que conozcas mucha gente. Yo quiero que beses otros labios, para que me compares hoy como siempre. Si encuentras un amor que te comprenda y sientes que te quiere más que a nadie, entonces yo daré la media vuelta y me iré con el sol cuando muera la tarde.

Sra. Desprecio:
Y qué hiciste del amor que me juraste. Y qué has hecho de los besos que te di. Y qué excusa puedes darme si faltaste y mataste la esperanza que hubo en mi. Y qué ingrato es el destino que me hiere. Y qué absurda es la razón de mi pasión. Y qué necio es este amor que no se muere y prefiere perdonarte tu traición. Y pensar que en mi vida fuiste flama, y el caudal de mi gloria fuiste tú. Y llegué a quererte con el alma y hoy me mata de tristeza tu actitud. Y a quién debo, dime entonces, tu abandono. Y en qué ruta tu promesa se perdió.

Sr. Amador:
Ojala que te vaya bonito. Ojala que se acaben tus penas. Que te digan que yo ya no existo. Que conozcas personas más buenas. Que te den lo que yo no pude darte. Aunque yo te haya dado de todo. Te añoré, te perdí, ya ni modo… Sufro al pensar que el destino logró separarnos. Guardo tan bellos recuerdos que no olvidaré. Sueños que juntos forjaron tu alma y la mía, en las horas de dicha infinita que añoro y no han de volver.

Sra. Desprecio:
Si te hablan de mí, no me menciones. Porque vas a sentir amor del bueno. Y si quieren saber de tu pasado, es preciso decir una mentira. Di que vienes de allá, de un mundo raro, que no sabes llorar, que no entiendes de amor y que nunca has amado.

Sr. Amador:
Arráncame la vida con el último beso de amor. ¡Ay! Arráncala y toma mi corazón. Arráncame la vida y si acaso te hiere el dolor, ha de ser de no verme porque tus ojos, me los llevo yo.

Sra. Desprecio:
Tú me acostumbraste a todas esas cosas y tú me enseñaste que son maravillosas. Sutil llegaste a mí, como una tentación, llenando de inquietud mi corazón. Yo no concebía cómo se quería en tu mundo raro y por ti aprendí. Por eso me pregunto, al ver que me olvidaste, ¿Por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti?

Sr. Amador:
Perdón vida de mi vida. Perdón, si es que te he faltado. Perdón, cariñito amado. Ángel adorad dame tu perdón. Amor, habrá quien te quiera. Amor de tu amor y el mío. Porque el dolor que ansío, es el amor mío que llora por tu amor. Si sabes que te quiero con todo el corazón, que tu eres el anhelo de mi única ilusión. Ven calma mi sufrir con un poco de amor que es todo lo que ansía mi pobre corazón.


La puerta se cerró detrás de ellos. Nunca más volvieron a aparecer. Dejaron abandonada su ilusión. La puerta se cerró detrás de ellos y así, detrás de ellos, se fue su amor.

martes, 11 de septiembre de 2007

Mi Primer día de clases en la Misión Ribas





Se aproxima el regreso a clases. Nos advierten el tráfico sofocante y las compras desesperadas de útiles y uniformes. Por ello, les dejo este pequeñísimo cuentito para que coloree esta nueva temporada escolar.




Sombra alistó los cuadernos en su cartera – mas no morral, porque estamos hablando de una mujer de 35 años – Los colocó próximos al estuche de maquillaje y a los pocos bolívares que ganó trabajando en una casa de familia. Esas que residen al este de la ciudad y requieren de “muchachas” que les cuiden los pelados.

Increíblemente, todavía podía sentir los nervios del tan conocido, primer día de clases. Leyó, por tercera vez, el papelito con la dirección del liceo: “Avenida Morán, Instituto Técnico Industrial de San Martín”.

El reloj del celular marcó las siete de la noche. Estaba retrasada. Pensó en lo terrible que es llegar tarde al primer día, sintió mariposas en el estómago y pidió a la Virgen de la Inmaculada que le otorgase éxito en los estudios. Tenía que "echar pa´lante y salir de abajo". Quería estudiar.

Al llegar, llenó una planilla que solicitaba sus datos personales. Ella había cursado, en tiempos mejores, hasta cuarto año de bachillerato. Sin embargo, se inscribió en el primero sólo por probar. Total, ahora el título se puede obtener únicamente con dos años de estudios.

“Formalmente inscrita en la Misión Ribas” sentenció un joven vestido de rojo que recibía formularios y al parecer, también daba bienvenidas. Sombra pasó al salón asignado y se adueñó de uno de los pupitres de la primera fila. Al poco tiempo, el aula estuvo llena. Eran veinticuatro alumnos, para ser exactos. Esperaban al profesor.

Entró al aula un muchacho alto, como de dieciocho años de edad. Consecutivamente, explicó su función dentro de la Misión. Él sería el encargado oficial del VHS. Sus competencias constarían de encender, colocar, adelantar, retroceder, pausar y retirar un casette de video académico.

Sombra no entendía mucho. Se preguntaba cuándo llegaría el profesor de matemáticas. Y llegó. Era un hombre canoso, trigueño, barrigón y virtual. Apareció justo cuando el joven del VHS dio play a la película. Cual artista famoso, el pedagogo aritmético se mostró en la pantalla chica del salón. No dijo nombre alguno. Solamente aclaró, en acento cubano, que su asignatura era matemáticas y ordenó a los presentes copiar lo que él apuntaría en la pizarra (del video).

Ahora, Sombra sentía el peso de sus años. Percibía la notoria diferencia entre las clases de veinte años atrás y las actuales. Transcurrió así la lección de matemáticas y Sombra sentía que los números, de hoy en día, eran más pesados y complejos. Tuvo interrogantes y las guardó para sí. Sintió pena de preguntar al profesor de la tele y saber que éste no podía contestarle. Supo que en las misiones no existía espacio para manos levantadas y preguntas reflexivas.

Al final de la clase - matemática a la cubana - la pantalla se mostró negra con numerosas letras blancas. El muchachito del VHS les explicó que esos eran los apuntes que debían copiar, y así lo hicieron. Tres videos vieron Sombra y los otros veintitres alumnos, en su primer día. Tres distintos profesores virtuales, que hablaron durante 45 minutos, sin interrupciones. Matemática, inglés y lenguaje fueron las materias vistas en esa primera experiencia.

Sombra sintió frustración consigo misma, sobretodo, por inglés. Creyó culpable a su edad y la falta de práctica. Llegó a pensar que, posiblemente, ella no comprendiese mucho el cubano. No tuvo respuestas a sus dudas y tampoco encontró quien se las brindara.

Al partir, Sombra recibió tres folletos. Eran guías de estudio. Preguntó al joven de rojo cuándo serían las fechas de los exámenes. “¿Exámenes? No los hay. No hacen falta. El conocimiento no se mide en calificaciones” explicó. Asimismo, le comentó que posiblemente organizarían una convivencia al final del curso. Allí, un recreador haría una pregunta a cada alumno. De esta manera, se evalúa la efectividad de la misión y se establece un "control".

Sombra se dirigió a la parada de carritos por puesto. Estaba algo confundida. Se cuestionaba sobre su posibilidad de aprender realmente. También, entendió que eso de "salir de abajo y echar pa´lante", cuesta mucho. Por lo pronto, llegaría a su casa, serviría la cena a sus cuatro hijos y les preguntaría qué tal estuvo ese primer día de clases. Necesitaba hacer comparaciones. Debía pensar en el futuro de sus pequeños. Ya ella se veía perdida.

Testimonio de Luz Mar Colmenares.

martes, 21 de agosto de 2007

El GENEROSO DR. WUZ

Esto sucedió realmente. Incrédulos o interesados llamar a
Dr. Wuz al número en pantalla.


Ni se compra ni se vende el cariño verdadero. Ése se regala. Les presento a Dr. Wuz. Un hombre infinitamente generoso al que se le antojó regalar su yate. Así mismo: ¡Yate Regalado! No se trata de una lanchita cualquiera, nada de eso. Hablamos de una embarcación de 55 pies, un bote de madera enorme.
El tipo en cuestión reside en Marco Island, islita pulcra del estado Florida, popular por sus playas y tradición pesquera. Hace algún tiempo, Dr. Wuz se encargó de colocar, en ciertos puntos estratégicos, panfletos donde ofrecía gratuitamente su yate. En el papelito, tamaño carta, se mostraba la imagen de un lindo barco sobre las aguas tibias del mar. Conjuntamente, indicaba un número telefónico al que debían llamar los interesados en recibir el obsequio.
Rolando confesó sentirse atraído por la noble oferta que exponía el panfleto. Alcanzado su medio cupón de años y confiando en que “en el mar la vida en más sabrosa”, o por lo menos más entretenida que en Miami, detuvo su carro en plena avenida. Allí se encontraba una vieja camioneta, blanqueada por el sol, forrada con los mismos panfleticos que había observado anteriormente al costado de la carretera.

Descubrió a Dr. Wuz detrás de una barba extensa - como la de un nomo – sombrero de pescador, camisa estampada y acomodado dentro de su vehículo rotulado. Fue Wuz quien le hizo saber que era doctor. “Nice to meet you, Dr. Wuz”, dijo Rolando y comenzó a disparar preguntas cual periodista.
Wuz comentó ser activista político. Pronto realizaría una gira en búsqueda de estrategias para abrir comercio con Cuba. Se declaró científico inventor. Rolando también lo es, por lo que crearon rápidamente cierta empatía. Mostró entonces el fulano regalo que ofrecía. Para sorpresa de Rolando, éste no tenía absolutamente nada que ver con el de la foto. “Estrategias publicitarias” explicó Wuz. Ciertamente, se trataba de un yate de 55 pies, aunque a diferencia del de la foto, poseía un hueco descomunal en su parte inferior y por ende, la mitad de él se encontraba sumergida en el mar. “Se puede arreglar. Sólo hay que esperar a que baje la marea, ir con una planta eléctrica portátil, herramientas, algo de madera y tapar el hoyito”, esclareció el donante barba blanca.

Rolando disfrutaba la conversa. Le parecía un cuento entretenido de esos que publica la gente en los blogs. Se encontraba de lo más divertido, mientras su esposa lo esperaba y observaba desde el auto a un costado del camino. “Está loco el viejo ese. Yo no me bajo ni a patadas. ¿Qué tanto hablará Rolando con ese señor?”, pensó Gabriela.
“Dr. Wuz, una pregunta: ¿Por qué invertir tanto tiempo y energía en promocionar un donativo como este?”, interrogó Rolando.
Wuz bajó la mirada y reveló, algo enfurecido, que el Estado de la Florida le ordenó retirar inmediatamente la embarcación del mar. De no hacerlo, será penalizado con una multa de 30 mil dólares. “Los corruptos esos. ¿Puedes creer que ni siquiera me dejan quemarlo? Sería más fácil. Definitivamente, unos tramposos. Me multarán y luego vendrán ellos mismos a quemarlo, para lograrlo sacar. Sin embargo, ¡tú tranquilo que estás a tiempo! El barco no está tan mal que digamos. Hasta podrías dejarlo ahí y construir encima de él un condominio, por ejemplo. No utilizarías la parte inferior, claro, por aquello de que está hundida en el agua”. Así fue como Dr. Wuz anotó el número celular de Rolando, lo despidió simpáticamente y se excusó por su corto tiempo de atención. Debía pues, ir a bailar – Sí, así mismo: bailar - en un restaurante del pueblo donde presentan música country desde la una hasta las siete de la noche. Se marchó con su ancha sonrisa, confiado de haber hallado, finalmente, a un arriesgado marinero. Mientras, Rolando partió con una divertida anécdota para contar.

miércoles, 7 de marzo de 2007

EL INEXISTENTE




EL INEXISTENTE

Con qué fuerza puede gritar un hombre lleno de rabia, con qué velocidad puede lanzar un objeto una persona sumergida en la furia, con cuánta tristeza me observaba Eugenia al verme en tal estado. Y allí estaba ella, ojeando por la ventana mi patético estado de ira, mientras yo me descargaba con cuanta cosa había en la habitación.
Y es que ese fue el día en que me declaré inexistente, ese fue el momento más trágico en mis días de “no existir”; mis actos violentos eran producto de mi desilusión, del darme cuenta de que nunca estuve, porque nunca he vivido o quizás sí, pero no al mismo tiempo que ella, Eugenia. Ella vive sin mí, en su tiempo exacto al que yo no pertenezco; porque yo por ser inexistente no habito en el tiempo.
Cómo explicarle al mundo o a ella, mi mundo, de dónde provenía yo; cómo hacerle entender que el “hoy” de ella es mi “ayer”, cómo explicar que ya yo la conocía de antes, previamente a que nos presentaran. No es que la conociera en sueños o ideas, no. Yo la conocía en vida, aunque ella nunca lo supo, es que ya nuestras vidas se habían encontrado, pero en “mi” tiempo, un momento distinto al de ella.
Si tratase de explicarle, creería que me he vuelto loco, que estoy inventando ser de otro planeta, un marciano como los de las películas. También, podría llegar a creer que me he inventado una máquina del tiempo, con la cual me traslado al pasado o al futuro. Pero resulta que en mí el “pasado” no existe, nunca he sabido qué es el “ayer” y mucho menos qué es el “hoy”. Solo conozco el vivir y vivo fuera de tiempo, tal vez sea porque soy inexistente.
Fue a las tres de la tarde (de su tiempo) en el que nos tropezamos, y nuestros tiempos decidieron cruzarse Ella vestía de negro al igual que todos y yo la miraba queriendo abrazarla sin saber por qué: es que no hay nada mas conmovedor que una mujer bañada en lágrimas. Sentí urgencia por presentarme, necesitaba entrar en su tiempo. Después de mucho preguntar a los presentes, Antonio, hermano del difunto, me dio la grata noticia de que ella era la viuda del velorio. Comprendí entonces, su incesante llanto y su profunda melancolía, los cuales eran casi tan grandes como la felicidad inmensa que llenaba “mi tiempo”. Porque iba a ser capaz de conocerla, de colarme en su tiempo.
Sé que debí sentirme triste por su viudez, sé que debí mostrar respeto ante tal situación. Tenía que actuar como un caballero, un ser “normal” y maduro. Pero es que no sabía cuándo nuestros tiempos se volverían a cruzar y quizás, para aquel entonces, ella estaría feliz con otro y allí no podría hacer nada. Porque nunca irrumpiría en la felicidad de Eugenia.
“Hoy” que me hallo lleno de cólera, con las manos atadas por el saber que no existo en su tiempo, que “mañana” me he de levantar sin ella a mi lado, porque ya se ha ido. Muere y la veo morir aun cuando ella siente que tiene tanto por vivir. Y yo, como no estoy en su “hoy”, Eugenia es joven, por decirlo de alguna manera, sino que más bien vivo en lo que para ella serían sus ochenta años, (utilizo cifras para hacerme entender). Ella muere porque debe desaparecer de mi tiempo, muere porque todavía no debíamos habernos encontrado, y yo que desde siempre lo supe, descargo mi rabia como cualquier ser humano, mientras Eugenia me ve desde lejos sin entender qué pasa.
Después de conocerla en el velorio de su esposo, se me hizo imposible no involucrare en su vida. Pasaron “sus días” y “horas” las cuales compartió conmigo. En un principio fui su amigo de confianza, el hombro sobre el que lloró a su marido. Más tarde, me convertí en el propietario de sus besos y dueño de su amor. Y transcurrieron nuestros tiempos, cada uno a su manera pero juntos en el mismo instante, sin yo saber jamás por qué nunca me preguntó por qué estuve en el velorio de su difunto compañero. Menos mal que no lo hizo, ni yo mismo sabría responder a tal cuestión. Creo que llegué allí, porque debía estar ahí, debía conocerla.
Inmensos son los reclamos que me hago en tan pequeña habitación. Tengo miedo, temor a perder a quien amo, no quiero imaginar una vida sin Eugenia, una vida sin vida. Podría salir ahora mismo y decirle que en su “hoy” muere, que no tome aquel medicamento. Pero todo sería en vano, porque entonces moriría de otra manera. No es una situación que pueda evitar, es algo que sé que ha de pasar y que no puedo detener. Ese es mi coraje, el verme inútil… De qué sirvió adelantarme con respecto a su tiempo, si al verla morir en su “futuro” yo no puedo hacer nada, quedándome solo en mi presente. Eugenia me ve con ojos llorosos y yo caigo cansado en la cama. Duermo, porque quiero desaparecer de mi realidad, prefiero soñar con que no muere y vivir en tal sueño.
“Se ha ido” escucho, cerrando los ojos sin pretender abrirlos. “Descansó en paz” oigo que explica una voz igual a la de Eugenia. “Nunca amé a un hombre como lo amé a él. Qué bueno que ha podido marcharse y ahora ambos descansaremos tranquilos, él ha sido el único hombre en mi vida, mi adorado esposo… qué triste es asomarse por el vidrio de esta caja que lo resguarda en este vivo cementerio”. Mi amada se aparta de la ventana y se marcha rumbo a casa para tomar la última píldora que queda en el pastillero, sin saber que para la fecha el medicamento se encontraba vencido. Y yo decido dormir para no presenciar su muerte.

VERONICA RUIZ DEL VIZO marzo 2006