jueves, 18 de diciembre de 2008

Suicidas

en respuesta,



El pasillo es camino
del que teme
encontrarse con sus ojos
abiertos
secos
de venas rotas
de pupilas al cielo
de misericordia tardía
de rabia
de tristeza rancia

El suelo es descanso
de la enfermedad
del recuerdo
del amnésico
a escondidas
se conoce el peso del pesar
de sus mentiras
llenas de trampas
guardadas
que duermen cobardes


Tiesa
La vida
desde el pasillo
al suelo
con las venas
en alto
frías
de rabia
el peso
que impide al alma
es la culpa
que tiesa
el cuerpo

Siempre
es una palabra
que repetida
siempre
enferma
como un espejo
de reflejo cobarde
de diversas razones
de trampas
de siempre

Suicidas de pasillo
cobarde
valiente
enfermos
de contradicciones
de marcas
de secretos
y mentiras
rabiosas

Ese es el codo
que clavaste en mi ojo
solo
esta noche
es tieso
una daga de piedra
pálida
cortés en el pasillo
declara la muerte
a los que quiero
a los tuyos
a los que llenaste
de rabia
y a los que no
alimentaste
de ti

Somos todos enfermos
suicidas
esa es una pregunta
que toca
música fúnebre
repugnante

La diferencia
está
en la precaución
del culpable
que se encierra
tras la puerta
que se sabe
solo
sin exhibicionismo
de pasillo
descarado

Muere el suicida
con sus ganas
de morir
o
de matarse

martes, 21 de octubre de 2008

Puntos Cardinales de una mujer redonda


A mis espaldas, el televisor encendido; programación: Discovery Home & Health, o como yo lo llamo: “el canal de las mamás”. A mi izquierda, Leo Felipe dormido/rendido/roncando y cumpliendo veintinueve años. A mi derecha, el celular/reloj que marca las dos de la mañana. Sobre mi cabeza, el aire acondicionado al que le cuesta arrancar luego del apagón eléctrico de ayer. A mis pies, el piso de parquet sin limpiar y por el que tuve que ahorrar muchos meses para colocarlo. Al frente, la pantalla y lo que escribo. Y justo en mi mitad, la mitad de mi cuerpo, cerquita del ombligo: mi bebé.



Justo la noche de hoy, Leo y un amigo discutían sobre la existencia real del tiempo. Argumentaban sobre el pasado “que siempre pasa y es lo único que existe” y el presente “que es lo único que tenemos porque todo lo demás parte de él”. Cada quien apostaba a su tiempo verbal. Leo al pasado, Lobo al presente. Yo, como siempre he creído que el tiempo es una construcción humana (una palabra) necesaria para comprender nuestra existencia (nunca he visto dos minutos guardados en la cartera de nadie), no jugaba a favor de ninguno de los ponentes. Aunque cabe acotar que siempre me ha divertido las discusiones de fuente de soda, donde dos opositores intelectuales (con 30 cervezas encimas) discuten - a lo griego – para no llegar a ningún punto de encuentro más que la justificación de sus creencias irrefutables. Y ahí estuvieron.

Pensaba, “Mis veintidós años se han ido lejos y todo se convirtió en nueve meses; ¿es eso pasado mezclado con futuro y un toque de presente? ¿qué importa si fue a los ocho años que descubrí el efecto invernadero y me aterraba la idea de la contaminación? ¿cuánto valen los logros de mis diecinueve? ¿Fue ayer que dije una frase inteligente o fue hoy que se me ocurrió un negocio creativo?”. No importa. Sólo vale que mi barriga esté más levantada del lado izquierdo que del derecho porque ahí se acomoda mi bebita; tal vez sea una rodilla aquella pequeña montañita que se asoma cerca de mis costillas; mi corazón late más rápido que nunca; tengo que ir al baño; siento el pecho apretado y la respiración forzada; odio estar sentada en una silla incómoda porque ahora me pesan más las piernas; se mueve… sí, se mueve… mi bebé se mueve… y sólo cuando ella lo decide… mi bebé decide... mi cerebro no controla sus movimientos… ella está en mí … gran parte de mi cuerpo puede ser controlado por mi cerebro… ella no es mi cuerpo, es el suyo… dentro del mío. Y ahí, mi propia discusión filosófica sin contrincantes.



Estar embarazada es toda una aventura y la gente lo hace aún más extravagante. Es que los embarazos se transforman en un fenómeno colectivo, una locura de masas. Anoche soñé que mi bebé, al nacer, era una bebé compartida y que una amiga me solicitaba que me largara porque era ella a quien le tocaba acostar a mi hija (nuestra bebé). Desperté amargada y con ganas de pegarle un golpe a mi amiga. “Esas son las hormonas” explicarían las más entendidas de la materia (esas que nunca han tenido hijos pero saben más que el obstetra). Resulta que el embarazo transforma a la mujer embarazada en un buda hormonal al que todo el mundo le debe un consejo. Eso puede ser una pesadilla de meses.

Hace poco subí al ascensor de un centro comercial. Una señora perfumada también subió a él en el piso siguiente. Acto seguido, fijó su vista en mi barriga, para luego impulsivamente comenzar a sobármela mientras emitía velozmente un montón de sonidos. Mi olfato deductivo (el cual se ha desarrollado) me hizo suponer que preguntaba “¿cuántos años tienes?; ¿es niña o niño? Y cuéntame ¿tienes antojos?; Ay, pero no parece que tuvieras tantos meses; ¿cómo se llama tu obstetra? ¿Carlota? ¿Por qué Carlota? etc., etc., etc.”.

Piso cinco, desciendo con la camisa arrugada y con ganas de haberle preguntado a la señora de dónde era que nos conocíamos. Supuse que se trataba de un karma y aquello de las vidas pasadas. Quién sabe, capaz ella fue mi tía abuela. Ojala (pensé) ella y yo hayamos pertenecido a una tribu carnívora y me la haya comido en el invierno. Entonces ahí tendría sentido el por qué de su fijación con mi barriga. Y no es que sea antipática, es que el tema es invasivo. Nunca antes había visto a esa señora o por lo menos no en esta vida.


Ni hablar de las numerosas interrogantes populares y profundas: “¿cómo supiste que estabas embarazada?” y dicha pregunta proviene de alguna inteligentísima chica de veintitrés años, que al parecer no cursó Educación para la salud. "Si yo tuviese cuarenta y dos, sería probable que haya confundido menopausia con embarazo. Pero a mi edad y viviendo con mi pareja, basta con notar que presento un retraso en mi periodo menstrual". "Ay, yo sólo pregunto. ¿Y ... sí te ha dado por eso de los cambios de humor, no?" . "Claro, porque desde que estoy en estado la gente se ha vuelto más preguntona (por no insultar a nadie), parece ser parte de los síntomas (colectivos)" etc., etc., etc...

La verdad es que a mí no me interesa si hay tráfico. Sólo me pregunto si mi bebé se sentirá incómoda mientras permanezco horas en el carro. No me importa si me duele la espalda, mientras ella se mueva todos los días, diciendo “aquí estoy, mami… fuerte y sana”. No me afecta el insomnio mientras sirva para leer o ver el canal de las mamás. Me valen poco las imprudencias humanas mientras no me golpeen en la barriga con alguna cartera o codo.



Mi vida - TODA ELLA: pasado/presente/futuro - se resume en nueve meses. En lo que siento en mi interior (literalmente). En la ansiedad y la alegría como sinónimos de circunferencia, en el nombre Carlota, en el ADN de Leo que guardo en mi vientre, en las ganas de conocer a mi bebé, en que ahora somos tres y el resto es cualquier cosa, en que las felicidades se comparten sólo con aquellos que realmente nos quieren y en que de pronto mis puntos cardinales se vuelven centro; centro norte; centro sur; centro este; centro oeste… centro ombligo.


miércoles, 2 de julio de 2008

Lo que pasa, pasa

¿Saben qué pasa? Que es mentira si escribo por escribir. Se lee a mentira. Oraciones entre signos de puntación disfrazadas de intensión, aunque no exista ninguna detrás. Palabras vacías. Mentiras. ¿Saben qué pasa? A veces sólo escribo cuando me conmuevo, me emociono, me decepciono, me entristezco, me lleno de nostalgia, de sueños, de sorpresa o de agonía. No sé cumplir con las tareas impuestas a la libertad; a la libertad de escritura, refiero. No puedo. En otra vida, me gustaría ser cantante y ponerle melodía a lo escrito... como Serrat o Sabina. En esta sólo me queda escribir para al leerme, escuchar mi voz. Son escasas las veces en las que me escucho o escucho a los demás. Hay momentos en los que no escucho a nadie y no me importa, ni aparento. También ocurre que quiero escribir sólo cuando el mundo parece caerse a pedazos. Se siente como GRITAR. Soy eco. Pero con el tiempo la suma de los escritos dan como resultado: pesimismo. A él le tengo pánico. Prefiero creer en la esperanza o "sonreír con tristeza a dejar de sonreír". Me gusta reír. Me encanta escribir (con/para/por) la verdad... mi verdad. Detrás de la ficción de mis cuentos, se esconde la verdad de mis intenciones. Eso es hermoso. ¿Saben qué pasa? Si hubiese aprendido a tocar guitarra, preferiría componer. Parece más real... aunque realmente no lo sé, no toco ningún instrumento. Cuando uno expone lo que escribe, personas (pocas) esperan tu escritura. Eso es increíble. Pero poco importa la espera, si a quien realmente se aguarda es a la verdad... al sentimiento. Soy de las que cree que existen seres - que como yo - escriben mentalmente en la cintura de los que caminan, en las lágrimas de los desconocidos, en las paredes de las casas, en el tráfico, en las historias de otros, en la basura … y tontamente se olvida al papel ¿Saben qué pasa? Hay veces en las que uno se hace el ciego, el sordo, el tonto y no le da la gana de pensar en lo que pasa o en lo qué nos pasa. Eso pasa. Es ahí donde se pierden las líneas y se olvida escribir... o eso aparentamos. Olvidar no es así de fácil. Aunque sepamos que al final todo pasa.



martes, 27 de mayo de 2008

Mi epitafio


Recuerdo, que en medio de tantas revistas y entrevistas, encontré una de esas preguntas breves - tontas, pero curiosas - donde le preguntaban, en tono apocaliptico al entrevistado: ¿cuál frase escogería para ser escrita en su tumba? Él respondió que no sabía. Y ahí quedó el asunto.

Yo, en medio del tránsito mortal, escuchaba música. "Obviamente, mi tumba - porque nada de eso de que me estén quemando - tiene que ser sencilliiita... el epitafio (si es que sobra espacio luego de mi extenso apellido) debe surgir de alguna canción. ¿Cuál canción?" ... Así fui, paseándome - con mi locura y patologías - entre frases, canciones y poemas conocidos.

Días después, en noches largas y de ocio, ingreso a la querida matrix que supone ser Google y de blog en blog encuentro este post:

Epitafios Célebres . -

"Si no viví más, fue por que no me dió tiempo" Marqués de Sade

"Disculpe que no me levante" Groucho Marx

«Estoy aquí en el último escalón de mi vida. Marlene 1901-1992» Marlene Dietrich

«Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo». Miguel de Unamuno

En la tumba de Arquímedes se dice que había como único epitafio un cilindro circunscrito a una esfera.


Epitafio de Molière, escrito por él mismo:

Aquí yace Molière el rey de los actores
En estos momentos hace de muerto
y de verdad que lo hace muy bien

Epitafio de Vicente Huidobro, poeta chileno:

Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar.

Epitafio del dramaturgo William Shakespeare:

Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Bendito el hombre que respete estas piedras,
y maldito el que remueva mis huesos

Epitafio de Ludwig Van Beethoven:

Que los amigos aplaudan.
La comedia se ha acabado

el cementerio de La Almudena de Madrid:

Aquí estoy con lo puesto,
y no pago los impuestos

Enrique Jardiel Poncela:

Si queréis los mayores elogios, moríos

Epitafio en un cementerio de Inglaterra:

Toda la oscuridad del mundo
jamás podrá apagar la luz de una velita

Mel Blanc -la voz de Bugs Bunny-:

Eso es todo, amigos

Miguel Mihura:

Ya decía yo que ese médico no valía mucho


Nótese que existe un montononón de gente, tan loca como yo, que ha estudiado el tema.


Hoy, finalmente, puedo "descansar en paz".

Encontré al grupo, la canción y mi frase:



- "Just like heaven"


(Qué importa si es en inglés. Total, va escrita en tonito The Cure)



miércoles, 16 de abril de 2008

AHORA EL TUBO ES DE TODAS

Esta croniquita que realicé saldrá publicada
en Revista Ojo (Revista de corte juvenil/universitario)
en su primera edición de mayo
en la sección Espejito



La belleza corporal siempre es tema y anhelo. Tonificar, fortalecer o adelgazar son palabras de moda y cada día nacen técnicas para lograr cuerpecitos esculturales. Bailar en el tubo es una de ellas y se está convirtiendo en la más popular. Incluso Oprah Winfrey sintió curiosidad y dedicó un programa entero a este fenómeno. Sin ir muy lejos, en Caracas, se inauguró una de las primeras academias de pole dance y fuimos a visitarla.



Ahí estaba la señora de cincuenta y dele, la “doña”, frente a la puerta del local; estática; leyendo los anuncios del portón como quien no quiere la cosa. Seguramente imaginándose forrada en diminuta ropa interior, meneando el cuerpo a lo Demi Moore.
—Señora, ¿va a pasar al salón de baile? —pregunté.
—¿Yo? —dijo con la mano en el pecho.
—Sí, usted. ¿Va a pasar a las clases?
—No, no, no, no —respondió la señora enérgicamente, mientras movía la cabeza—. Yo estoy apenas leyendo, aquí, esto que dice “clases de yoga”, ¿ve? Me han dicho que el yoga es buenísimo.
—Sí, parece que sí. Bueno, si no va a pasar… ¿me da un permisito?
—Ah, ¿tú sí estás en las clases del baile?
—¿Del baile?
—Sí, sí. Las del tubo.
—No —dije sonriendo—, yo estoy aquí cubriendo una pauta para una revista.
—¿Para una revista?, ¿cuál revista?
—Revista Ojo.
—¿Ojo?
—Ojo... Es nueva, sale en mayo.
—¡Ay, eso es ya! ¿Y van a sacar información de las clases?
—¿Las de yoga?
—No, las del tubo.
—Claro. El pole dance es lo que nos interesa. Lo demás se puede conseguir en sitios especializados. No digo que el yoga aquí sea malo, sino que la especialidad del sitio es el pole dance: el baile del tubo, pues. Ahí lo dice, ¿ve? —dije señalando el portón del local, que estaba repleto de grandes mensajes como “Pole dance una nueva técnica para seducir a tu pareja y tonificar tus músculos”; “Trepa, gatea, baila, diviértete sensualmente y ejercítate a la vez”; “Aprende más sobre ti: baila, sedúcelo, disfruta y ejercítate”; y “Disfruta la experiencia. Planes y horarios a su medida”. Sin embargo, en una esquina se asomaba el pequeño mensaje que decía “yoga, pilates, bailoterapia”.
—Sí, sí. Tienes razón. Bueno, yo como que voy a pasar contigo; sólo para ver cómo es. Además, tengo muchas cosas que hacer en la tarde. La casa se me llena a la hora del almuerzo y bueno… —dijo disimulando.
—Ah, bueno— dije mientras entrábamos juntas.
La clase había comenzado; creí reconocer a la instructora, Joy –conversamos previamente por teléfono; quedó encantaba con la idea de la entrevista–. Ésta se encontraba encima de una tarima pequeña, donde habían colocado verticalmente –en el centro– un tubo dorado que llegaba al techo. La mujer lucía una figura despampanante: piernas fuertes; abdomen envidiable; glúteos levantados; senos posiblemente operados y brazos al mejor estilo Madonna. Conclusión: la tipa estaba buenísima; sin duda era la profesora.
En el resto del salón, otras chicas de distintas contexturas, tamaños, colores y clases sociales hacían posesión de los tubos restantes. La fotógrafa, a mi lado, estaba fascinada con el cuadro: “Me siento con mucha ropa”, comentó entre risas. Joy anunció que iniciarían con el estiramiento acostumbrado. “Aint no sunshine when she is gone” versionada en bossa-nova sonaba al fondo. Las mujeres estiraban sus brazos y movían sus hombros y la espalda.
El local era bastante oscuro, la puerta de vidrio estaba rotulada en rosado y colmada de mensajes persuasivos. Al entrar nos recibe una joven recepcionista detrás de su pequeño escritorio; sobre éste reposa la imagen de una virgen. En la pared se encuentran guindadas máscaras para la venta. “Los precios varían: hay antifaces más caros que otros. Los llevan mucho para las despedidas de soltera o soltero”, comenta Marilis, la recepcionista. Una pequeña perrita gris de lazos rosados en las orejas se pasea por el salón. Ocho tubos llenan el local. Un espejo de fondo es testigo de los atrevidos movimientos junto a las paredes coloreadas en rosa oscuro.
Luego del estiramiento, empiezan los ejercicios de danza árabe, junto con la utilización del tubo. Joy explica que allí es cuando comienza a aflorar la sensualidad. A esas alturas de la clase, todavía la “señora del yoga” me acompañaba como espectadora; no hacía comentarios, observaba silente, como apuntando datos.
Joy lleva tres años impartiendo clases. Comenzó enseñando desde su casa. “Me han dicho de todo: que tengo una escuela de prostitutas y que soy una de ellas; poco me importa. A mí me encanta lo que hago”, explica serenamente. Su interés por el baile del tubo comenzó la noche en la que Joy acompañó a sus amigos a un bar de striptease y se quedó prendada del cuerpo tonificado de las chicas. Más tarde, aprendió más sobre el tema gracias a una prima que vivía en Londres y tomaba clases de pole dance. “En Inglaterra, Argentina y EE.UU. existen numerosos gimnasios especializados en pole dance; aquí estamos muy atrasados. El baile del tubo es un deporte de modalidad fitness; implica el endurecimiento de los músculos y su coordinación. Yo tengo 39 años y luzco un cuerpo envidiable. Basta con tener las ganas de aprender. Cualquiera puede trepar y hacer piruetas sensuales”.
Luego de las breves instrucciones de su prima, Joy decidió especializarse: contrató a una stripper profesional para que le diera clases particulares de danza, striptease, movimientos en el piso, gateo, utilización de las paredes y marcos de las puertas. “Existen muchos tabúes en nuestra sociedad; sin embargo, numerosas mujeres se acercan al centro comercial sólo para observar las clases. Me instalé aquí, en el Cafetal, precisamente por eso; además puedo brindarles seguridad y comodidad a mis alumnas. La receptividad ha sido mayor de la que esperaba, las clases se encuentran todas llenas; tuvimos que abrir nuevos horarios y entrenar a más profesoras. Todo se debe al aumento de autoestima, a la seguridad en sí mismas. Muchos son los esposos que se han acercado para darme las gracias. El pole dance no sólo mejora la condición física de cualquier mujer, sino que la invita a sensualizarse”, expone Joy.
Culminó la sesión árabe. Era el turno del reggaetón. La clase adquirió otro tono: ocho mujeres estaban en el suelo; en cuatro; haciendo movimientos insinuantes: gateando, subiendo y bajando el pecho y/o la cintura. La atenta “señora del yoga” levantaba las cejas como quien concluye que la sensualidad latina no tiene nada que envidiarle a la del Medio Oriente. Ciertamente, el calentamiento previo era justo y necesario en ese momento: los glúteos se batían contra el tubo; las piernas trepaban para luego deslizarse, boca abajo, provocativas; el sudor es protagonista; los bustos parecían moverse con voluntad propia; las caderas giraban veloces, apoyadas en el metal; y los músculos se batían con rapidez. Joy exigió a sus alumnas que dejasen las trampas a un lado y mantuvieran su resistencia física, les pidió sensualidad mientras hacían los ejercicios. Era la conjugación entre cabaret y gimnasio.
Cuando Wisin y Yandel marcaban el ritmo de los ejercicios y las chicas recostaban el pecho al tubo, entró otra señora, de unos cuarenta y tantos. Al ver lo avanzada que se encontraba la clase y notar la presencia de una fotógrafa y una periodista, preguntó apenada –mirando de reojo los ejercicios– por los montos de las clases de yoga y de las de bailoterapia. Después de obtener respuesta, observa tranquila, en silencio, junto a la primera señora del yoga. Comentan en voz baja, de oído a oído.. “Dale sin miedo, hasta que se rompa el suelo. Y dale sin miedo” era el soundtrack de fondo. “Aquí hay de todo: desde señoras de sesenta años hasta jovencitas de quince; también las hay gorditas o flaquitas”, explica Joy.
Habría que preguntarse si el yoga es el anzuelo que nos lleva a bailar en el tubo. Total, todos necesitamos alguna excusa para atrevernos a bailar por primera vez. Todo en beneficio del cuerpo y la sensualidad.


domingo, 2 de marzo de 2008

La noche


A sus protagonistas,

Esta es la historia de alguien que no conozco
¿escribir sin pensar es pecado?


La noche en que murió mi mamá, salí con mi hermano. Estuvimos en casa de un amigo, no tan amigo. Recuerdo que tomé algunas fotos e hice varios chistes. Abracé conocidos y dije mis payasadas acostumbradas. Revisé el celular. Era extraño que mi madre no me hubiera llamado unas diez veces, mínimo. Pero, en realidad no me preocupé. Primero, pensé que al estar con mi hermano, ella sentía tranquilidad. Luego, la imaginé instalada frente al computador chateando con sus amigos y jugando algún juego de mesa interactivo online. Y ya, no fui más allá en pensamientos.

La noche en la que murió mi mamá, bajé del carro de quien, en aquel entonces, era mi novio. Creo que habíamos discutido brevemente por cualquier tontería y había cierta tensión en el vehículo, la cual aumentaba con la presencia de mi hermano. Fue Rolando, mi hermano, quien introdujo, en la primera de las puertas, la llave correspondiente. Me despedí con un “te amo, me llamas al llegar”. Subimos conversando las escaleras.

La noche en que murió mi mamá, Rolando y yo entramos por la tercera puerta que nos invitó al interior de en aquel entonces: nuestra casa. Como era costumbre o norma, me dispuse a buscar a Marlene, mi mamá o mami como le gustaba llamarse. Debíamos anunciar nuestra llegada y conversar sobre cómo nos había ido, qué hicimos y con quiénes hablamos. Paseé por el estudio – cuarto del computador - y no la encontré. Noté que uno de los platos de la cocina descansaba sobre el escritorio con algo de comida. “Extraño” pensé. Quienes la conocíamos sabíamos que ella era incapaz de dejar rastros o platos sucios fuera de lugar. Allí, mis pensamientos sí fueron más allá.

La noche en la que murió mi mamá, me dije “está en el baño”. Rápidamente, con aquello que llaman pálpito, caminé veloz hacia su habitación, el sonido del aparato nebulizador retumbaba en el pasillo. Y ahí, en la distancia, sus pies en el suelo, la mitad de su cuerpo visible y la otra oculta detrás de la pared. “Se desmayó, coño” pensé asustada. Rolando notó que algo ocurría. Decidió seguir mis pasos. Entré a la habitación e intenté levantar a mi madre. Sin embargo, apenas mis manos hicieron contacto con su piel, sentí que estaba fría, tiesa y helada. “Está muerta”…

La noche en que murió mi mamá, volteé – como un rayo – la cabeza preocupada para ver si veía a mi hermano venir. Ahí estaba él, con los ojos muy abiertos. Imagino que se preguntaba por qué no la despertaba. No dije nada. Lloré. Rolando se acercó al cuerpo sobre la alfombra costosa. La movió un poco y rompió en llanto. Gritó “mamá”, unas tres veces. Dijo otras cosas que no logré escuchar. Todo pasaba entre rápido y lento a la vez. Me levanté, fui hacia un lugar inexacto y luego a otro y a otro. El sonido desapareció. Creí que despertaría. No sé por qué carajo, pero subí las escaleras que conducen hasta la casa de mi tía, hermana de mi mamá. Llamé a gritos su puerta. Salió asustada y preguntando que ocurría, hizo miles de preguntas que se atropellaban. Yo continuaba sin escuchar, sólo vacío. “Mi mamá se murió” dije o creo que dije, llorando. Rolando continuaba intentando despertarla o dando vueltas en el cuarto, golpeaba cosas, mentaba madres (literalmente).

La noche en que murió mi mamá, se acabó una Verónica, un Rolando, una tía, un hermano, un papá, unos amigos, una familia, una casa. Se acabaron. Vinieron los errores, los coñazos, el padre a distancia que abraza la nada y convoca a un hijo que no conoce. Llegaron los tropiezos por dinero, los dólares mal gastados en arreglos de la casa para crear “fuentes de ingreso” y comodidades a externos. Arribó el coraje y los cojones, la visión 360 y el “mírame y no me toques”, un paso apresurado, las noches llorando bajito, el aprecio por los pequeños gestos, las pérdidas seguidas, el cambio de rol, la distancia entre hermanos a kilómetros, las envidias de los pocos lúcidos, las explicaciones baratas, aquella mujer que no respeta el dolor de mi hermano, la preocupación por el futuro de Rolando y por el mío, el darnos cuenta de que estamos cabronamente solos, la desconfianza por el dinero, aquellos familiares que heredan a cuenta propia los pocos bienes que nos dejan, el saber que no nos queda nada más que el recuerdo amargo y el que está por venir, saber que los números bancarios son una mierda y que algunos no saben contar, que los héroes están hechos de trapo, que debemos ser egoístas y aún no aprendemos a serlo, que los golpes no te los da la vida sino la gente, que las enfermedades anuncian soledades y pronuncian debilidad para que se aprovechen los más atrevidos, los abusos de poder a costa de la edad y del paradigma “estos son unos niños”, la brutalidad de los que creen saberlo todo y más… Pero, no sé si el estómago de algunos lo aguante.

La noche en que murió mi mamá, aprendí a bendecir y maldecir, me enamoré de la vida y de poder hacerlo mejor que ella. Me volví otra, sin planificarlo. Lo único que nos queda es la abuela, la familia a distancia y una breve esperanza de que todo tiempo pasado NO es mejor.

lunes, 21 de enero de 2008

De ensaladas

Para A.P.V. (que lee mis cuentos)


El martes, le dije a mi tía Trinidad que colocara menos cebolla en las ensaladas. El problema es que somos nuevas en el negocio y poco sabemos de cocina. Claro, todas mis amistades se preguntan cómo es que terminé cortando tomates y preparando vinagretas. Pero ya saben, una se hace la loca y cambia el tema. El “¿cómo está tu marido?” siempre funciona para estos casos. A las mujeres les encanta hablar de ellas y sus problemas. A mí no me gusta contar por qué ahora vendo ensaladas.

Mi tía abuela, Trinidad, es quien me ayuda. Parte de la ganancia es para ella y su gata. Todas las mañanas, bien tempranito, paso recogiendo las ensaladas por su casa para llevarlas luego al cementerio. Sí, al cementerio. No sólo ahora vendo ensaladas, sino que además lo hago en un cementerio. Por lo menos es el del Este, lo que le da caché al asunto.

Desde que estoy en el negocio, he aprendido muchas cosas del ser humano y de los vegetales. Me quedo con los últimos, si les soy sincera. Descubrí que la caprese es la más solicitada cuando se vela a un difunto adinerado. Y que estos mueren con frecuencia los días lunes. Por lo que el domingo, Andrés me lleva queso mozzarella bien fresco.

Andrés es un primo tercero o cuarto que tiene una hacienda en Yaracuy. Hace algunos meses, nos encontramos en el cementerio. Confesó no haberme reconocido detrás del mostrador. Teníamos, por lo menos, 10 años sin vernos. Comentó que velaba a un vecino. Un señor mayor que lo había ayudado con sus asuntos legales y que ahora le dejaba tres búfalas de herencia. Andrés poco sabía de búfalos, salvo que habitaban en lugares pantanosos o lagunas, y que además eran bien feos. Ese día, se servía ensalada caprese, era lunes y el fallecido uno de los abogados más enriquecidos de la capital. Recordé, de pronto, que la mozarrella se fabricaba con leche de búfala. Así que Andrés y yo hicimos negocios.

Con las ensaladas me va bien. Por lo menos resuelvo y ayudo a la tía. Englantina, mi mejor amiga, fue quien me consiguió el trabajo. Su nuevo marido es el dueño del cementerio y hacía un tiempo que no encontraban buen personal para este servicio. Es un trabajo tranquilo. No hay mucho ruido y la gente, casi siempre, da las gracias. Nunca discuten, ni hacen reclamos. Tampoco me preocupo por la cobranza o las ventas de unidades; ya que los alimentos son parte del servicio que presta el cementerio a sus usuarios. Así que, aún cuando no se venda ni una sola ensalada, siempre obtengo ganancias. Muchos quisieran tener trabajos como el mío.

Hay días mejores que otros. Todo varía según los difuntos. Si sus familias son numerosas, si la muerte fue trágica o falleció joven, si tenía muchos amigos, si el velorio es de día o de noche. En fin, con los muertos una nunca sabe. Sin embargo, procuro observar con detalle lo que ocurre en los funerales, desde el duelo hasta cómo se hacen negocios en los pasillos. Busco siempre ofrecer lo mejor. Es bueno llenarle el estómago a los dolidos, siempre que se pueda.

Por eso, pedí a mi tía Trinidad que dejara de colocarle tanta cebolla a las ensaladas. No es que tenga algo en contra del noble vegetal, sino que puede resultar bastante perturbador ofrecer cebolla en los velorios. Allí la gente se habla de cerca y reparte numerosos besos. Podrán imaginar el desastre que causo, cada miércoles, con mis ensaladas apestosas a cebolla. Además, cada vez que la Tía Trinidad pela cebolla, le da por llorar. Y eso de bañar en lágrimas la comida de funeral es como ser redundante. ¿No creen?


martes, 11 de diciembre de 2007

Está bien y Está mal



Todavía recuerdo el sonido de mi cabeza cuando se estampaba en el suelo. Solía tirar tan fuertemente de mis cabellos que la piel ardía hasta dar el golpe al piso. Y ahí, otro dolor, el del cráneo entero y la vista. La turbulencia que nublaba y los pies del terror que permanecían iracundos, propensos a una patada final. Pero eso sería mucho. Hasta allí, no. Y por mí, estaba bien. Aunque mi mirada, entre serena y rabiosa, parecía retar a la agresión. Gritaba aguantar más, por el orgullo, por ser humano cualquiera. Y Hasta ahí, también estaba bien.

Nadie me levantó la cabeza, ni una sola vez, ni una. Siempre fue tan sólo el esfuerzo de mi cuello. Y muy a pesar del dolor, mi frente roja se colocaba en alto. Eso hacían soldados sobrevivientes después de la guerra. Yo era como un soldado y eso, estaba bien.

Lo que ciertamente no recuerdo, es cómo comenzaba aquel bombardeo de golpes terribles. Mi cuerpo era tan indefenso, que no había fuerza que valiese. No se trataba de David y Goliat. No. Aquí no había ni piedras, ni milagros de Antiguo Testamento. Era sólo eso, un cuerpo infante, de seis o siete años, contra el inmenso poder de unos de treinta y algo. Eso no estaba bien, y lo sabía. Temblaba de saberlo. Porque no existía salida. Era la física, digo yo, la que me volvía impotente. Yo, con mi corta edad, aún ni de física sabía. Y esperaba a que acabara, como se rezaba por el final de cualquier pesadilla.

Sólo camina, sobre puntillas y en mi recuerdo, la imagen del suelo, la mano que tiraba y las mías que buscaban protegerse de la contundente superficie. A veces seguidas, y a veces con sus cortos intervalos de tiempo. La nariz que sangraba por todo y por nada, el chichón perenne, el morado en el brazo, la rabia en las venas. Capaz, ahí descubrí la rabia. Tal vez, me gustó sólo porque me regalaba sus fuerzas. Y me hizo fuerte por dentro. Eso estaba bien, porque yo, realmente, era débil de cuerpo. Era como un David con un espíritu de Goliat.

Mi boca callaba. Sabía que sería terrible emitir palabra alguna. Cada oración dicha tendría un costo, doloroso, evidente, maldito. Un costo que ya yo había pagado con la primera cachetada o con los cachetes hundidos ante la presión de sus hirientes manos. Violencia que partía del pulgar y el dedo medio, que parecía querer perforar mi piel. Allí también, a veces, sangraba el labio y la rabia. Y yo conocía que aquello no estaba bien y pensaba cosas feroces, que daban miedo. Por eso, callaba. Me tapaba la boca con una cinta poderosa imaginaria. Esto hacía que se irritara más y más. Porque escuchaba su voz, maldita, colérica, poseída y sorda. Era el eco de la muerte. Y yo morí varias veces, seguidas. Me ahogué en mis pensamientos malditos, desgraciados y solos, frente a su agresiva fuerza. Buscaba estirarme en algún momento, pasarle en altura y reventarle la frente. Y eso, yo sé que estaba mal.

Lo que siempre quise saber, es qué hice para recibir mis violentos tragos. Desde los seis hasta los tantos, me tambaleé numerosas veces. Sentí la potencia del cuero, la dureza de la madera, el filo del metal y la culpa en la piel. De algún delito imperdonable debo ser culpable y mi memoria, muy cómoda ella, se encargó de borrarlo. Desapareció. Y me quedó esa última resonancia, del gancho de ropa que castigaba mi espalda, mis ojos que se cerraban y los pensamientos espantosos, venenos.

Y eso, es lo que está mal.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Desde el susurro


Le hablé bajito. Realmente no sabía si quería que me escuchara. Sólo sentía la inmensa necesidad de dejar salir esas palabras de mi boca. No escuchó, ¡claro! Tenía la mirada fija en la pantalla y sonreía al leer. No sé que leía. Yo, mientras, le hablaba bajito. Quise cerrar los ojos, pero era imposible dejar de verlo. Escuché como el viento lanzó la puerta al final del pasillo. El viento parecía estar molesto. Él, también sabe cómo susurrar bajito.

Cerré los ojos. Pero esta vez, pretendí hacerlo fuertemente. Quería que me sangraran los párpados de tanta presión. Sin embargo, no derramaron una gota. No poseo tal fuerza. En algún momento idiota de mi vida, llegué a pensar que era una mujer fuerte. ¡Qué cosas le pasan a uno por la cabeza! ¿Fuerte yo? Si no puedo ni apretar el puño con firmeza. Tampoco golpear una pordiosera pelota. Igualmente, hice el intento y cerré mis ojos. Imaginé que lo hacía con fuerza. Con eso bastó.

Volví a murmurar despacio. Lentamente solté mis palabras. Nuevamente, no las escuchó. Creo que lo he acostumbrado a oírme hablar con velocidad. Casi siempre, converso como si las palabras tuvieran prisa y el límite de tiempo, para mi discurso, estuviese culminando. Me propuse no hablar más, ni tanto. Ahora, me dedicaría a dejar de existir. Esa palabra me encanta: “inexistente”. No sé por qué. Es así. Como a quien le gustan las rayas en el mantel y el color tinto. Sólo porque sí. Capaz, algún psicólogo le encontraría un trasfondo patológico a cada uno de mis gustos. Pero no visito psicólogos, aunque les tenga respeto.

Quise que mi cuerpo pesara de sobremanera, tanto como para que me fuese imposible realizar cualquier movimiento. Es así cuando se deja de existir. Lo sé porque palpé un cuerpo inexistente. Ellos pesan, en la memoria, sobre todo. Eso fue tan sólo un querer, porque soy de aquellas que tienen apenas 53 kilos. Dispongo la elasticidad y libertad de movimiento de un niño. Escuché que él bostezó, de pronto. Sin taparse la boca. ¿Quién habrá impuesto eso de taparse la boca al bostezar? Algún tonto que creyó que algo se le escaparía y por eso cubrió su boca. Sería gracioso que en vez de la boca, al bostezar, nos tapásemos la frente o un ojo (el derecho).

A veces, creo poder hacer que mi corazón lata a mi propio ritmo. Uno, durante el ocio, supone infinitas cosas. Pero la mayoría son sueños despiertos o ilusiones inocentes, que a cualquiera le arriban en su soledad. Mi ilusión, hoy, era hacer que se detuviese. Que dejara de latir. También, he visto cómo corazones han dejado de latir. Esas cosas suceden y uno no sabe de qué manera. Me pregunto en qué momento el corazón se dice: “este es el último”. Si uno pudiese percibir que se aproxima un último latido, ¿qué haría? Yo, probablemente, regalaría un beso. Adoro los besos. Me entiendo con ellos.

En ese instante – el del latido final – vendría el pensamiento definitivo (el último). El más remoto. Por mi parte, creo que pensaría en cómo he enfrentado la vida. Un último pensamiento puede ser un gran desafío, una oportunidad dorada. Probablemente, repetiría en mi cabeza lo que hoy he susurrado tan dócilmente. Sí, definitivamente, ese sería mi conclusión.

Por tanto, esta también hubiese sido mi última decisión. Todos los días, uno tiene la potestad de tomar decisiones. ¡Cuánto agotamiento deja el libre albedrío! Y me marcho. ¿Cobarde o valiente? Inexistente. Lo hago ahora porque soy feliz. Porque quiero perpetuarme en este momento. Sin perder más nada que la vida misma. Sólo eso, extraviarme yo. ¿Qué importa? Esta perdida no la sufro. La disfruto, como cuando uno come con emoción después del hambre. Así es.

Ahora, le digo en voz alta aquellas palabras que he repetido en mi cabeza y pronunciado en voz baja. Aún no he abierto los ojos. Pronto, habré de levantar los párpados y volver la vista. Tan sólo porque me encanta verlo. Como me fascinan los besos y vestirme de rosa, por eso de que la piel canela luce bien cubierta en ese color. Muevo las manos, porque las mías no pesan ni se endurecen. Son cálidas y están cargadas de energía. Las acerco a él para que las tome. Total, son más suyas que mías; porque ellas lo buscan sin pensarlo. Como realmente hoy no he partido, ruego para nunca tener que vivir su ida; como la de todos los que se han marchado, en vida y muerte.

Mi corazón late. A veces, me da taquicardia y brincan mis extremidades. Otras, late de emoción cuando escala el deseo por mi piel. Y algunas veces, se detiene, sólo cuando sueño despierta en esos momentos de ocio.