jueves, 20 de septiembre de 2007

SE HABLA BOLERO





Amador y Desprecio discuten bajo el manto de la luna que se cuela en la ventana. Ellos sólo hablan el idioma de los boleros, propios de las noches vagas y el desamor.



NOTA: TODO EL DIÁLOGO ESTÁ EN IDIOMA BOLERO.




Sra. Desprecio:
Llorarás, llorarás mi partida. Aunque quieras arrancarme de tu ser. Cuando sientas el calor de otras caricias, mi recuerdo ha de brillar donde tú estés. Has de ver que mi amor fue sincero y que nunca comprendiste mi penar. Cuando sientas la nostalgia por mis besos, llorarás, llorarás, llorarás.

Sr. Amador:
Se te olvida que me quieres a pesar de lo que dices, pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar. Se te olvida que hasta puedo hacerte mal si me decido, pues tu amor lo tengo muy comprometido. Y hoy resulta que no soy de la estatura de tu vida y al dejarme casi se te olvida que hay un pacto entre los dos. Por mi parte, te devuelvo tu promesa de adorarme, ni siquiera sientas pena por dejarme que ese pacto no es con Dios.

Sra. Desprecio:
Tú me has dado a comprender que no te importo nada. Que me diste tu amor por equivocación. Y yo no sé qué hacer, si reír o llorar, o llenarme de pena, o sufrir la condena de tu mal proceder. Porque mi corazón, cansado de sufrir, ya no resiste más esta condena cruel.

Sr. Amador:
No discutamos, porque después de la primera discusión hay muchas más. Hoy terminamos. Tuve la culpa, fue mi error. Ya te perdí perdón y no me quieres perdonar. ¿Qué quieres que yo haga?

Sra. Desprecio: Con el atardecer me iré de ti. Me iré sin ti. Me alejaré de ti con un dolor dentro de mi. Te juro, corazón, que no es falta de amor pero es mejor así. Un día comprenderás que lo hice por tu bien, que todo fue por ti. La barca en que me iré lleva un cruz de olvido. Lleva una cruz de amor y en esa cruz, sin ti, me moriré de hastío. Adiós, adiós amor. Recuerda que te amé y que siempre te he de amar.

Sr. Amador:
Te vas porque yo quiero que te vayas. A la hora que yo quiera te detengo. Yo sé que mi cariño te hace falta porque aunque quieras o no, yo soy tu dueño. Yo quiero que te vayas por el mundo y quiero que conozcas mucha gente. Yo quiero que beses otros labios, para que me compares hoy como siempre. Si encuentras un amor que te comprenda y sientes que te quiere más que a nadie, entonces yo daré la media vuelta y me iré con el sol cuando muera la tarde.

Sra. Desprecio:
Y qué hiciste del amor que me juraste. Y qué has hecho de los besos que te di. Y qué excusa puedes darme si faltaste y mataste la esperanza que hubo en mi. Y qué ingrato es el destino que me hiere. Y qué absurda es la razón de mi pasión. Y qué necio es este amor que no se muere y prefiere perdonarte tu traición. Y pensar que en mi vida fuiste flama, y el caudal de mi gloria fuiste tú. Y llegué a quererte con el alma y hoy me mata de tristeza tu actitud. Y a quién debo, dime entonces, tu abandono. Y en qué ruta tu promesa se perdió.

Sr. Amador:
Ojala que te vaya bonito. Ojala que se acaben tus penas. Que te digan que yo ya no existo. Que conozcas personas más buenas. Que te den lo que yo no pude darte. Aunque yo te haya dado de todo. Te añoré, te perdí, ya ni modo… Sufro al pensar que el destino logró separarnos. Guardo tan bellos recuerdos que no olvidaré. Sueños que juntos forjaron tu alma y la mía, en las horas de dicha infinita que añoro y no han de volver.

Sra. Desprecio:
Si te hablan de mí, no me menciones. Porque vas a sentir amor del bueno. Y si quieren saber de tu pasado, es preciso decir una mentira. Di que vienes de allá, de un mundo raro, que no sabes llorar, que no entiendes de amor y que nunca has amado.

Sr. Amador:
Arráncame la vida con el último beso de amor. ¡Ay! Arráncala y toma mi corazón. Arráncame la vida y si acaso te hiere el dolor, ha de ser de no verme porque tus ojos, me los llevo yo.

Sra. Desprecio:
Tú me acostumbraste a todas esas cosas y tú me enseñaste que son maravillosas. Sutil llegaste a mí, como una tentación, llenando de inquietud mi corazón. Yo no concebía cómo se quería en tu mundo raro y por ti aprendí. Por eso me pregunto, al ver que me olvidaste, ¿Por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti?

Sr. Amador:
Perdón vida de mi vida. Perdón, si es que te he faltado. Perdón, cariñito amado. Ángel adorad dame tu perdón. Amor, habrá quien te quiera. Amor de tu amor y el mío. Porque el dolor que ansío, es el amor mío que llora por tu amor. Si sabes que te quiero con todo el corazón, que tu eres el anhelo de mi única ilusión. Ven calma mi sufrir con un poco de amor que es todo lo que ansía mi pobre corazón.


La puerta se cerró detrás de ellos. Nunca más volvieron a aparecer. Dejaron abandonada su ilusión. La puerta se cerró detrás de ellos y así, detrás de ellos, se fue su amor.

martes, 11 de septiembre de 2007

Mi Primer día de clases en la Misión Ribas





Se aproxima el regreso a clases. Nos advierten el tráfico sofocante y las compras desesperadas de útiles y uniformes. Por ello, les dejo este pequeñísimo cuentito para que coloree esta nueva temporada escolar.




Sombra alistó los cuadernos en su cartera – mas no morral, porque estamos hablando de una mujer de 35 años – Los colocó próximos al estuche de maquillaje y a los pocos bolívares que ganó trabajando en una casa de familia. Esas que residen al este de la ciudad y requieren de “muchachas” que les cuiden los pelados.

Increíblemente, todavía podía sentir los nervios del tan conocido, primer día de clases. Leyó, por tercera vez, el papelito con la dirección del liceo: “Avenida Morán, Instituto Técnico Industrial de San Martín”.

El reloj del celular marcó las siete de la noche. Estaba retrasada. Pensó en lo terrible que es llegar tarde al primer día, sintió mariposas en el estómago y pidió a la Virgen de la Inmaculada que le otorgase éxito en los estudios. Tenía que "echar pa´lante y salir de abajo". Quería estudiar.

Al llegar, llenó una planilla que solicitaba sus datos personales. Ella había cursado, en tiempos mejores, hasta cuarto año de bachillerato. Sin embargo, se inscribió en el primero sólo por probar. Total, ahora el título se puede obtener únicamente con dos años de estudios.

“Formalmente inscrita en la Misión Ribas” sentenció un joven vestido de rojo que recibía formularios y al parecer, también daba bienvenidas. Sombra pasó al salón asignado y se adueñó de uno de los pupitres de la primera fila. Al poco tiempo, el aula estuvo llena. Eran veinticuatro alumnos, para ser exactos. Esperaban al profesor.

Entró al aula un muchacho alto, como de dieciocho años de edad. Consecutivamente, explicó su función dentro de la Misión. Él sería el encargado oficial del VHS. Sus competencias constarían de encender, colocar, adelantar, retroceder, pausar y retirar un casette de video académico.

Sombra no entendía mucho. Se preguntaba cuándo llegaría el profesor de matemáticas. Y llegó. Era un hombre canoso, trigueño, barrigón y virtual. Apareció justo cuando el joven del VHS dio play a la película. Cual artista famoso, el pedagogo aritmético se mostró en la pantalla chica del salón. No dijo nombre alguno. Solamente aclaró, en acento cubano, que su asignatura era matemáticas y ordenó a los presentes copiar lo que él apuntaría en la pizarra (del video).

Ahora, Sombra sentía el peso de sus años. Percibía la notoria diferencia entre las clases de veinte años atrás y las actuales. Transcurrió así la lección de matemáticas y Sombra sentía que los números, de hoy en día, eran más pesados y complejos. Tuvo interrogantes y las guardó para sí. Sintió pena de preguntar al profesor de la tele y saber que éste no podía contestarle. Supo que en las misiones no existía espacio para manos levantadas y preguntas reflexivas.

Al final de la clase - matemática a la cubana - la pantalla se mostró negra con numerosas letras blancas. El muchachito del VHS les explicó que esos eran los apuntes que debían copiar, y así lo hicieron. Tres videos vieron Sombra y los otros veintitres alumnos, en su primer día. Tres distintos profesores virtuales, que hablaron durante 45 minutos, sin interrupciones. Matemática, inglés y lenguaje fueron las materias vistas en esa primera experiencia.

Sombra sintió frustración consigo misma, sobretodo, por inglés. Creyó culpable a su edad y la falta de práctica. Llegó a pensar que, posiblemente, ella no comprendiese mucho el cubano. No tuvo respuestas a sus dudas y tampoco encontró quien se las brindara.

Al partir, Sombra recibió tres folletos. Eran guías de estudio. Preguntó al joven de rojo cuándo serían las fechas de los exámenes. “¿Exámenes? No los hay. No hacen falta. El conocimiento no se mide en calificaciones” explicó. Asimismo, le comentó que posiblemente organizarían una convivencia al final del curso. Allí, un recreador haría una pregunta a cada alumno. De esta manera, se evalúa la efectividad de la misión y se establece un "control".

Sombra se dirigió a la parada de carritos por puesto. Estaba algo confundida. Se cuestionaba sobre su posibilidad de aprender realmente. También, entendió que eso de "salir de abajo y echar pa´lante", cuesta mucho. Por lo pronto, llegaría a su casa, serviría la cena a sus cuatro hijos y les preguntaría qué tal estuvo ese primer día de clases. Necesitaba hacer comparaciones. Debía pensar en el futuro de sus pequeños. Ya ella se veía perdida.

Testimonio de Luz Mar Colmenares.

jueves, 30 de agosto de 2007

YA NO SABEN QUÉ INVENTAR


- Verder tonterías, nunca fue tan fácil -


Dogmáticamente, todos nos encontramos en la constante búsqueda de la felicidad. Claro, ella goza de infinitas definiciones y centenares de “recetas para obtenerla”. Existen quienes aseguran haberla hallado y encantados por su efecto grato, se adormecen fanáticos en los desbocados brazos del consumismo. Así es. Una tarjeta de crédito y unos cuantos billetitos verdes permiten a muchos comprar la gloria.

El consumo excesivo no conoce límites. Con el paso del tiempo, justificarlo es más sencillo. Tanto las industrias, como las demandas se tornan más creativas y la publicidad parece aproximarse al consumidor. ¿Será, más bien, que es el consumidor quien es más dócil frente al efecto persuasivo? No lo sé.

Mi sorpresa fue toparme con un nuevo juguetito del mercado. Su nombre es “The Easy Button” (el botón fácil). Una demencia de producto. Se compone de un gran botón rojo, sobre una base platinada, que posee estampada la palabra “easy” (fácil) en su parte superior. Al oprimirlo, se escucha a una alegre voz femenina, que dice: “That was easy”, lo que significa: “Ha sido fácil” (existe también su versión en español). ¡Eso es todo lo que hace el aparatito! Pero lo más grave, es que ¡existen personas que lo compran! Lo juro, conozco un par de seres humanos que aseguran NECESITAR un easy button, Carlos G. Sucre, por ejemplo. “Todo sería más fácil” afirma convencido.

Fácil… sencillo es ver cómo la gente gasta 5 dólares en cualquier basura. El ineludible botoncito - pensado y creado por Staples - no hace absolutamente más nada. Reproduce el “That was easy” o el “Ha sido fácil” y punto. ¿Necesitamos un botón que diga eso? Si es así, estamos mal.

Increíblemente sus ventas son exitosas. Lo adquieren desde niños que van a la escuela y hacen tablas de multiplicar hasta altos ejecutivos con cantidad de “stress de oficina”. Sorprendente. Considero un lujo poder comprar un botoncito tan inútil. Basura inorgánica, le llamo.

Sin embargo, madurando el asunto… Pensé - sonriendo en mi sarcasmo - en posibles personajes que podrían haber sacado provecho al juguete en cuestión. Aquí les van:


Hugo Chávez: “Reformar la constitución e instalarme hasta que se me antoje en el gobierno venezolano… (push button / oprime el botón)… That was easy”.


Lorena Bobby: “Cortarlo como un suave pedacito de carne… (push button)… That was easy”.


Osama Bin Laden: “Tumbar unas torres gemelas… (push button)… That was easy”.


Paris Hilton: “Ser cantante, modelo, actriz, escritora, estrella porno, cualquier cosa… (push button)… That was easy.”


Guido Alejandro Antonini Wilson: “Meter 790 mil dólares en un maletín y llevarlos de paseo a Argentina… (push button) … That was easy”.



Milli Vanilli: “Ganar un Grammy, sin necesidad de cantar, es cuestión de doblar… (push button)… That was easy”.


Caldera: “Poner en libertad a Chávez y, bueno, cagarla… (push button) … That was easy”.


Laura Bozzo (Laura en América): “Hacer un talk show donde se embasure a la audiencia y se alimente el morbo provocado… (push button)… That was easy”.


George W. Bush: “Justificar una “pequeñita” guerra contra Irak … (push button)… That was easy”.


Yasuri Yamileth: “Componer una canción… (push button)… That was easy”.


Luciano Moggi (Juventus): “Hacer corrupción en la liga italiana… (push button)… That was easy”.


Etc, etc, etc, etc....

Imagino que tendrán sus propios personajes a los que se les hace la vida fácil...
...........................................................................

ANEXOS:
1.

www.staples.com


2.

Carlos G. Sucre RG II 2007 dice: (03:23:50 PM)
claro!
Carlos G. Sucre RG II 2007dice: (03:23:53 PM)
yo QUIERO un easy button!
Carlos G. Sucre RG II 2007dice: (03:24:02 PM)
mi vida ahorita es muy pelua
Carlos G. Sucre RG II 2007dice: (03:24:05 PM)
yo quiero easy!


martes, 21 de agosto de 2007

El GENEROSO DR. WUZ

Esto sucedió realmente. Incrédulos o interesados llamar a
Dr. Wuz al número en pantalla.


Ni se compra ni se vende el cariño verdadero. Ése se regala. Les presento a Dr. Wuz. Un hombre infinitamente generoso al que se le antojó regalar su yate. Así mismo: ¡Yate Regalado! No se trata de una lanchita cualquiera, nada de eso. Hablamos de una embarcación de 55 pies, un bote de madera enorme.
El tipo en cuestión reside en Marco Island, islita pulcra del estado Florida, popular por sus playas y tradición pesquera. Hace algún tiempo, Dr. Wuz se encargó de colocar, en ciertos puntos estratégicos, panfletos donde ofrecía gratuitamente su yate. En el papelito, tamaño carta, se mostraba la imagen de un lindo barco sobre las aguas tibias del mar. Conjuntamente, indicaba un número telefónico al que debían llamar los interesados en recibir el obsequio.
Rolando confesó sentirse atraído por la noble oferta que exponía el panfleto. Alcanzado su medio cupón de años y confiando en que “en el mar la vida en más sabrosa”, o por lo menos más entretenida que en Miami, detuvo su carro en plena avenida. Allí se encontraba una vieja camioneta, blanqueada por el sol, forrada con los mismos panfleticos que había observado anteriormente al costado de la carretera.

Descubrió a Dr. Wuz detrás de una barba extensa - como la de un nomo – sombrero de pescador, camisa estampada y acomodado dentro de su vehículo rotulado. Fue Wuz quien le hizo saber que era doctor. “Nice to meet you, Dr. Wuz”, dijo Rolando y comenzó a disparar preguntas cual periodista.
Wuz comentó ser activista político. Pronto realizaría una gira en búsqueda de estrategias para abrir comercio con Cuba. Se declaró científico inventor. Rolando también lo es, por lo que crearon rápidamente cierta empatía. Mostró entonces el fulano regalo que ofrecía. Para sorpresa de Rolando, éste no tenía absolutamente nada que ver con el de la foto. “Estrategias publicitarias” explicó Wuz. Ciertamente, se trataba de un yate de 55 pies, aunque a diferencia del de la foto, poseía un hueco descomunal en su parte inferior y por ende, la mitad de él se encontraba sumergida en el mar. “Se puede arreglar. Sólo hay que esperar a que baje la marea, ir con una planta eléctrica portátil, herramientas, algo de madera y tapar el hoyito”, esclareció el donante barba blanca.

Rolando disfrutaba la conversa. Le parecía un cuento entretenido de esos que publica la gente en los blogs. Se encontraba de lo más divertido, mientras su esposa lo esperaba y observaba desde el auto a un costado del camino. “Está loco el viejo ese. Yo no me bajo ni a patadas. ¿Qué tanto hablará Rolando con ese señor?”, pensó Gabriela.
“Dr. Wuz, una pregunta: ¿Por qué invertir tanto tiempo y energía en promocionar un donativo como este?”, interrogó Rolando.
Wuz bajó la mirada y reveló, algo enfurecido, que el Estado de la Florida le ordenó retirar inmediatamente la embarcación del mar. De no hacerlo, será penalizado con una multa de 30 mil dólares. “Los corruptos esos. ¿Puedes creer que ni siquiera me dejan quemarlo? Sería más fácil. Definitivamente, unos tramposos. Me multarán y luego vendrán ellos mismos a quemarlo, para lograrlo sacar. Sin embargo, ¡tú tranquilo que estás a tiempo! El barco no está tan mal que digamos. Hasta podrías dejarlo ahí y construir encima de él un condominio, por ejemplo. No utilizarías la parte inferior, claro, por aquello de que está hundida en el agua”. Así fue como Dr. Wuz anotó el número celular de Rolando, lo despidió simpáticamente y se excusó por su corto tiempo de atención. Debía pues, ir a bailar – Sí, así mismo: bailar - en un restaurante del pueblo donde presentan música country desde la una hasta las siete de la noche. Se marchó con su ancha sonrisa, confiado de haber hallado, finalmente, a un arriesgado marinero. Mientras, Rolando partió con una divertida anécdota para contar.

jueves, 16 de agosto de 2007

TODO ES CULPA DE SERRAT



¿Cursi yo? Siempre. La Pichu es de esas amigas que “vienen con cada vaina”, como diría mi papá. En estos días, le dije con mi inocencia acostumbrada que se asomara - si le daba la gana y sólo si le daba – por mi blog. Lo estoy retomando.
Para mí es bastante extraño esto del blog. Me suena (sonaba) a diario personal y he tenido funestas experiencias con los diarios. Por ello, me es tan importante escuchar comentarios de los mejores críticos: mis amigos. Ellos no vacilan en avisar cuando hago el ridículo. (Por cierto, hace poco ingresé en Youtube y me pregunté “¿Por dónde andarán los amigos del Puma?” Véanlo. Llegarán a la misma interrogante)
La Pichu, muy sincera, me explicó que había intentado leerlo; pero que - como suele suceder - justo en ese instante, había caído un meteorito en el jardín de su casa y su lectura fue interrumpida. Además, tuvo que atender a esos gringos de la NASA que llegaron sin avisar. Fruncí el ceño. Coloqué la carita roja de MSN y le ordené que lo revisara.
“Te prometo revisarlo al final de la tarde”, me dijo, como queriendo agregar la palabra “coño” para culminar su frase. Satisfecha con su promesa, me dispuse a salir del chat. Sin embargo, la Pichu velozmente agregó: “Vero, lo único que alcancé a leer – antes del incidente del meteorito - fue ese nombre tan cursi que le pusiste al blog”. Y descaradamente, fue ella quien se desconectó. Me quedé perpleja frente a la pantalla un par de segundos. ¡La verdad es que es sumamente cursi y no lo había notado! Cuéntale a tu corazón, se llama el fulano blog. ¡Vaya, qué rosa la vaina! ¿Cursi yo? Ahora que lo noto… ¡Cursi y media!
Aunque esto... esto es culpa de Serrat y una de sus mejores canciones, titulada Sinceramente tuyo. Aquí se las dejo. Seamos cursis y felices, por favor.

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Joan Manuel Serrat - Sinceramente Tuyo
No escojas sólo una parte,
tómame como me doy,
entero y tal como soy,
no vayas a equivocarte.

Soy sinceramente tuyo,
pero no quiero , mi amor,
ir por tu vida de visita,
vestido para la ocasión.
Preferiría con el tiempo,
reconocerme sin rubor.


Cuéntale a tu corazón, que existe siempre una razón, escondida en cada gesto. Del derecho y del revés, uno sólo es lo que es y anda siempre con lo puesto. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.


Y no es prudente ir camuflado,
eternamente por ahí,
ni por estar junto a ti
ni para ir a ningún lado.

No me pidas que no piense
en voz alta por mi bien,
ni que me suba a un taburete
si quieres, probaré a crecer.
Es insufrible ver que lloras
y yo no tengo nada que hacer.


Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto.
Del derecho y del revés,
uno sólo es lo que es
y anda siempre con lo puesto.
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio.

martes, 14 de agosto de 2007

Cochina Envidia


Miami, USA. 2007

¡Maldita sea! No es que me guste maldecir. Para nada. Tampoco es que acostumbre a escribir sobre trivialidades vividas. Para nada. Escribo sólo si me encuentro sumergida en el foso profundo de mis melancolías. No importa. Hoy escribo llena de envidia. Pero cómo no estarlo.
Pasan con su anchota sonrisa dibujada en el rostro. Ellos lo saben y lo disfrutan. Cómo gozan con la envidia que inspiran. Están en todas partes, en las farmacias, en los automercados, en los centro comerciales, en las calles, en las clínicas, en las plazas – malditas plazas – en tú casa. Están donde les da la gana. ¡Malditos!
La maldición va con todos: con los catires, los morenos, los pelirrojos, los malcriados, los consentidos, los tiernos, los futuros próceres – de cualquier maldita plaza – los poetas, los superdotados, los brutos, los encantadores, los malvados… con todos en general. Sin distinción de razas ni edades. Esto va hasta con mi hermana Isabella. Sin remordimiento de conciencia alguno, la maldigo. Así, con mi cara muy lavada igualita a la que airean ellos en sus desplazamientos furtivos. Una desgracia que comparto con mi generación y las anteriores.
La envidia mata el alma y la envenena. ¡Qué me envenene! Sería inhumano no sentir envidia. Lo siento, qué Dios sea misericordioso y me libre de mis yerros. ¿Qué culpa he de tener en esta envidia errada, si son ellos los que se me cruzan a donde quiera que vaya? Sabrá Dios hasta cuándo les durará el jueguito y el bochinche. Malditos.
¿Yo maldiciendo? ¿Quién lo hubiese imaginado? Nadie. Ni yo misma. Aún así, ni un gramo de culpabilidad se proyecta en mi cabeza cuando los miro, con todo el deseo de que se tropiecen con cualquier perol y caigan (como quien dice: “de platanazo”) directo al suelo. Sería fantástico. ¡Qué lástima que todavía no he contado con la suerte de poder presenciar el dulce porrazo de alguno de esos egoístas!
Yo los colocaría perversamente en un largo y ancho pasillo, uno detrás del otro, bien juntitos – como fichas de dominó – luego los empujaría y los vería caer uno tras otro. Como quien da una lección nacista. De nuevo: ¡Dios perdona mi odio repentino, capaz de crecer como la maleza dentro de mi noble ser!
Cómo no envidiar. Es la comodidad que ofrecen, la simpleza de su diseño, la confortabilidad que prestan, el entretenimiento que proporcionan, la alegría, el reforzamiento a la flojera descarada, son tantas las cualidades que alimentan mi amargura.
¿Por qué a mí? Por qué tuve que crecer. Por qué formar parte de una generación que se vería idiota encima de uno de esos zapatos con ruedas veloces incorporadas. Si fuese niñita me compraría un par de ellos y sería feliz. Acompañaría a mi mamá, sin chistar, a hacer aburridas diligencias; porque sabría que no existiría lugar del planeta donde cupiese el aburrimiento. Sería inmensamente feliz, como Isabella y los otros malditos niños del planeta. Esos que tuvieron la suerte de poder portar un par de "Heelys". Un descubrimiento básico, sin tanta tecnología Ipod, que se les ocurrió, un poco tarde, a los descarados inventores. ¡Tenía que ser primero el celular y las computadoras! Pues, muchas gracias por "joder el parque" a generaciones pasadas. ¡Malditos!
No se puede mostrar la imagen “http://www.flywalk.co.uk/heelys.jpg” porque contiene errores.

http://z.about.com/d/kidsfashion/1/5/I/3/HeeleysBliss2.jpg

miércoles, 2 de mayo de 2007

Rosas para ella (qué cliché)


De repente me tropecé con su recuerdo, como quien tontamente distrae la mirada y al volverla se lleva la mejor o peor sorpresa de su vida. Debería centrarme más en vivir, que en especular cómo vivir. Ese día no estaba concentrada. Estaba ahí y no lo estaba. Me encanta cuando sucede eso. Es un momento como el de hoy, en el que escribo y me detengo... escribo y no escribo... pienso que escribo y luego escribo lo que pienso...

Rosas... necesito como mil docenas. Miles, porque siempre exagero y docenas, porque -aunque me aburren los números pares - el 1 (uno) y el 2 (dos), suman 3 (tres) y el tres es mi número predilecto. No es el de la suerte porque para ello seleccioné el 7 (siete)... Debería, por tanto, comprar sólo 73 rosas.

¿Será que escucha mis pensamientos? Ojalá sólo escuche los que giran entorno a ella. Sería muy descortés de su parte oír ideas ajenas a ella. Nunca supe a ciencia cierta qué le desfilaba por la cabeza, pero si sé que le gustaban las rosas, los corazones y los labios. A mi también me atraían y no sólo eso... me encantaba que a ella le encantaran... Por eso, voy a comprar rosas rojas para ella. Ahora que lo pienso, no necesito rosas... ¡es ella quien las necesita!

Hubiese sido fantástico que yo oliese a rosas siempre, tuviera un pequeño lunar que simulase con su forma a un corazón y que mis labios fueran más pulposos. Capaz así no se hubiese apartado nunca y ahora me hiciese aún más falta. Me gusta saber que me hace falta, porque así recuerdo que no la olvido. Perpetuarla es mi tesoro y que me falte es mi esperanza de volver a encontrarla.

La vida no es fácil y las rosas están al tanto, por eso tienen espinas. Ella siempre tuvo espinas... seguramente fue la vida quien se las otorgó. Si posteriormente compro 73 rosas, las requeriré sin espinas. Nunca me cautivaron las espinas; ni las de ella, ni las de las rosas rojas. Yo no tengo púas, tengo defectos aún peores. Agradezco a Dios el no tener espinas y le pido ayuda para superar mis desperfectos.

Ese día llevaré las rosas a pasear. Sin que ella lo haya solicitado: le daré a las rosas un pequeño viaje que ella y yo nunca hicimos. Les mostraré mis hábitos y rutinas, mis amigos nuevos y los de siempre, mi entorno académico y social, mis sueños sobre la almohada y mis risas por simplezas. Si por tanta faena muere alguna de mis rosas, todavía tendré otras 72 más... todas las oportunidades que con ella no tuve.

Últimamente, las dejaré con ella; lanzaré un beso al aire, para que las acaricie; pondré mi mano sobre el pecho y sentiré mi corazón latir de desconsuelo y nostalgia; para luego seguir caminando con ella en mis pensamientos absurdos.

Sólo son 73 rosas para ella....

jueves, 8 de marzo de 2007

Círculo Vicioso


Me preocupa saber que los días me duelen... es como si despertar fuese un golpe al alma. Aunque confieso que el estar dormida tampoco es un estado agradable del todo, mis sueños logran ser tan intensos que me invitan insistentes a despertar de golpe. A veces pienso que no hay escapatoria y me desespero…
Éste estado de ánimo no es perenne, lo sé... (Eso quiere decir que todavía poseo esperanza)… o por lo menos eso espero… Pero es que es tanta la tristeza, que he decidido buscar algún viejo retrato para así cuando me deje ciega el dolor, pueda observar quién fui y encontrarme a mi misma.
Creo que estoy más delgada. Adelgazo con una facilidad increíble cuando me deprimo. Busco en mi la energía que no consigo en mi entorno y me consumo lentamente como una vela. ¿Será que llegaré a apagarme?
El estar triste es algo muy complejo y confuso, puedes llegar al punto en el que no sabes si sigues afligido o es que es ese tu estado de ánimo natural. Debe ser que estar triste es fácil o más sencillo para el cuerpo humano. Si uno se detiene a pensar, podría llegar a concluir que uno puede permanecer más tiempo llorando profundamente que riendo lleno de histeria.
Pero la verdad es que aún así cuando intento no estar acongojada, con más facilidad me acostumbro a la idea… Todo es más gris y es ése color vacío el que cansa a la vista. Y como son los ojos las ventanas del alma, ésta se oscurece y se agota, implorando reposo. Sin alma, se es débil como para soportar la vida… y al estar tan endeble, es más sencillo recaer por tonterías… Algo debe existir que libere a uno de éste terrible círculo vicioso en el que nos ahoga la tristeza. Mientras tanto, no queda más que dormir y despertar con ella…

Verónica Ruiz del Vizo

miércoles, 7 de marzo de 2007

EL INEXISTENTE




EL INEXISTENTE

Con qué fuerza puede gritar un hombre lleno de rabia, con qué velocidad puede lanzar un objeto una persona sumergida en la furia, con cuánta tristeza me observaba Eugenia al verme en tal estado. Y allí estaba ella, ojeando por la ventana mi patético estado de ira, mientras yo me descargaba con cuanta cosa había en la habitación.
Y es que ese fue el día en que me declaré inexistente, ese fue el momento más trágico en mis días de “no existir”; mis actos violentos eran producto de mi desilusión, del darme cuenta de que nunca estuve, porque nunca he vivido o quizás sí, pero no al mismo tiempo que ella, Eugenia. Ella vive sin mí, en su tiempo exacto al que yo no pertenezco; porque yo por ser inexistente no habito en el tiempo.
Cómo explicarle al mundo o a ella, mi mundo, de dónde provenía yo; cómo hacerle entender que el “hoy” de ella es mi “ayer”, cómo explicar que ya yo la conocía de antes, previamente a que nos presentaran. No es que la conociera en sueños o ideas, no. Yo la conocía en vida, aunque ella nunca lo supo, es que ya nuestras vidas se habían encontrado, pero en “mi” tiempo, un momento distinto al de ella.
Si tratase de explicarle, creería que me he vuelto loco, que estoy inventando ser de otro planeta, un marciano como los de las películas. También, podría llegar a creer que me he inventado una máquina del tiempo, con la cual me traslado al pasado o al futuro. Pero resulta que en mí el “pasado” no existe, nunca he sabido qué es el “ayer” y mucho menos qué es el “hoy”. Solo conozco el vivir y vivo fuera de tiempo, tal vez sea porque soy inexistente.
Fue a las tres de la tarde (de su tiempo) en el que nos tropezamos, y nuestros tiempos decidieron cruzarse Ella vestía de negro al igual que todos y yo la miraba queriendo abrazarla sin saber por qué: es que no hay nada mas conmovedor que una mujer bañada en lágrimas. Sentí urgencia por presentarme, necesitaba entrar en su tiempo. Después de mucho preguntar a los presentes, Antonio, hermano del difunto, me dio la grata noticia de que ella era la viuda del velorio. Comprendí entonces, su incesante llanto y su profunda melancolía, los cuales eran casi tan grandes como la felicidad inmensa que llenaba “mi tiempo”. Porque iba a ser capaz de conocerla, de colarme en su tiempo.
Sé que debí sentirme triste por su viudez, sé que debí mostrar respeto ante tal situación. Tenía que actuar como un caballero, un ser “normal” y maduro. Pero es que no sabía cuándo nuestros tiempos se volverían a cruzar y quizás, para aquel entonces, ella estaría feliz con otro y allí no podría hacer nada. Porque nunca irrumpiría en la felicidad de Eugenia.
“Hoy” que me hallo lleno de cólera, con las manos atadas por el saber que no existo en su tiempo, que “mañana” me he de levantar sin ella a mi lado, porque ya se ha ido. Muere y la veo morir aun cuando ella siente que tiene tanto por vivir. Y yo, como no estoy en su “hoy”, Eugenia es joven, por decirlo de alguna manera, sino que más bien vivo en lo que para ella serían sus ochenta años, (utilizo cifras para hacerme entender). Ella muere porque debe desaparecer de mi tiempo, muere porque todavía no debíamos habernos encontrado, y yo que desde siempre lo supe, descargo mi rabia como cualquier ser humano, mientras Eugenia me ve desde lejos sin entender qué pasa.
Después de conocerla en el velorio de su esposo, se me hizo imposible no involucrare en su vida. Pasaron “sus días” y “horas” las cuales compartió conmigo. En un principio fui su amigo de confianza, el hombro sobre el que lloró a su marido. Más tarde, me convertí en el propietario de sus besos y dueño de su amor. Y transcurrieron nuestros tiempos, cada uno a su manera pero juntos en el mismo instante, sin yo saber jamás por qué nunca me preguntó por qué estuve en el velorio de su difunto compañero. Menos mal que no lo hizo, ni yo mismo sabría responder a tal cuestión. Creo que llegué allí, porque debía estar ahí, debía conocerla.
Inmensos son los reclamos que me hago en tan pequeña habitación. Tengo miedo, temor a perder a quien amo, no quiero imaginar una vida sin Eugenia, una vida sin vida. Podría salir ahora mismo y decirle que en su “hoy” muere, que no tome aquel medicamento. Pero todo sería en vano, porque entonces moriría de otra manera. No es una situación que pueda evitar, es algo que sé que ha de pasar y que no puedo detener. Ese es mi coraje, el verme inútil… De qué sirvió adelantarme con respecto a su tiempo, si al verla morir en su “futuro” yo no puedo hacer nada, quedándome solo en mi presente. Eugenia me ve con ojos llorosos y yo caigo cansado en la cama. Duermo, porque quiero desaparecer de mi realidad, prefiero soñar con que no muere y vivir en tal sueño.
“Se ha ido” escucho, cerrando los ojos sin pretender abrirlos. “Descansó en paz” oigo que explica una voz igual a la de Eugenia. “Nunca amé a un hombre como lo amé a él. Qué bueno que ha podido marcharse y ahora ambos descansaremos tranquilos, él ha sido el único hombre en mi vida, mi adorado esposo… qué triste es asomarse por el vidrio de esta caja que lo resguarda en este vivo cementerio”. Mi amada se aparta de la ventana y se marcha rumbo a casa para tomar la última píldora que queda en el pastillero, sin saber que para la fecha el medicamento se encontraba vencido. Y yo decido dormir para no presenciar su muerte.

VERONICA RUIZ DEL VIZO marzo 2006